Un inevitable camino al olvido
La vidriera —coqueta como de costumbre, como si no hubiera ocurrido nada en los últimos días— continúa exhibiendo los productos más tentadores que ofrece la tienda con los precios actualizados; bañada con la luz artificial de los tubos distribuidos en el techo y orientados para resaltar las ofertas, proyecta sombras estáticas sobre los estantes de madera ubicados como una isla en el medio del negocio, ajenas al recorrido diario del sol. Ese espacio cercado por vidrios siempre limpios —con el nombre en orgullosas letras austeras pintadas para ser leídas desde la acera—, abierto al exterior, cerrado al interior, es la identificación del lugar, el mascarón de proa, el que transmite seguridad a los clientes. Un símbolo que identifica a la empresa familiar. Una escenografía cuidadosamente pensada y preparada —perfeccionada durante años— para llamar la atención de los caminantes distraídos; siempre inmutable, vigente, incorruptible a través del tiempo; más allá de sus pesares, de su pasado, y lo que es peor, de su presente. Es el mensaje de bienvenida a los extraños. La frontera entre las responsabilidades cotidianas y el resto del universo.
Demorada en ese límite físico, Liliana recurrió a su memoria, que ya no era tan fiel como creía. En estos momentos de incertidumbre, sus recuerdos estaban influenciados por la nostalgia que tiranizaba a su estado de ánimo y por las emociones que en los últimos tiempos la sofocaban; incrédula no las reconocía, no las aceptaba —o no deseaba hacerlo—. Estaba confundida y le molestaba.
El cartón escrito con letras grandes y prolijas anunciando el cierre definitivo de la tienda se coló en su realidad hacía casi un mes —para ser más exacto un día lunes —. Así se enteró. En ese instante la sorpresa la inmovilizó. Quedó petrificada en el silencio de la mañana que acompaña la rutina diaria de abrir la puerta de entrada, levantar la cortina metálica y prepararse para recibir a los visitantes. Otro letrero —este proveniente de la profundidad de su historia personal— la golpeó salvajemente al revivir situaciones que creía superadas y sentimientos que le había ocultado, por años, a todos, sin excepción.
Continuamente, sin interrupciones, durante cada jornada repetida una y otra vez, esa superficie vidriada que abarca casi todo el frente le entrega el ruido de la calle transformado en imágenes. Imágenes desordenadas, caóticas, la mayoría bulliciosas, inquietas. Imágenes que no respetan sus sentimientos, ni su ritmo apaciguado, ni sus dolencias en forma de decaimiento físico y espiritual. Imágenes del afuera indiferentes a ella, tercamente vivas, absurdamente alegres, continuamente veloces. Imágenes que atraviesan los bordes de realidades tan diferentes, sin respeto por las señales de detención, de silencio, de abatimiento que le envía su ser. Todo es vértigo a su alrededor y se refleja en su interior.
Náufraga en medio de la tempestad busca a ciegas el bote que le devuelva su universo.
Solamente el cartel permanece inmóvil. Muestra desafiante en letras de imprenta, dibujadas con trazos firmes, la leyenda que la persiguió tenazmente durante los días anteriores; cada día por cada uno de los 24 años en los que atravesó puntualmente la puerta para cumplir con sus obligaciones.
Llovieron los recuerdos tratando de encontrar un orden que le permitiera entender qué pasaba.
Había comenzado a trabajar recomendada por un primo. Primero fue a la vuelta, en el local original, era más amplio y más luminoso que el actual y coincidió con la época de esplendor del negocio. Fue una época intensa, con sus jóvenes años terminaba la jornada cansada y alegre. Feliz de su tarea, de sus ventas, de los clientes que se convertían en amigos y de los desconocidos que la trataban por su nombre. Satisfecha de haber ayudado a los indecisos, de que el ambiente que deseaban cambiar fuera más placentero, de que la elección fuera la más acertada, de que esa cortina que llevaban hiciera juego con los sillones existentes, de que la tela para el mantel no desentonara con los colores de las paredes y el estilo de los muebles. Se detenía en cada detalle, se apasionaba. Y contagiaba al comprador con su entusiasmo y las certezas de sus consejos.
Por momentos, arrastrada por su ímpetu, se excedía, invadía a su interlocutor. Sin pedir permiso interpretaba el escenario que querían decorar, a través de los relatos de ellos, de las descripciones de los ambientes hogareños, de las anécdotas cotidianas que ocurrían en los mismos. Sensible, recreaba el entorno, captaba sus gustos, sus costumbres y buscaba la solución. Sin darse cuenta trataba de imponer su criterio —pecado de juventud que con el tiempo y la experiencia domesticó—. Aprendió y perfeccionó su método que la hacía tan querible: le sugería a la persona como si estuviera hablando con su sombra, en cuchicheos, compartiendo su secreto. Su recompensa era la expresión del ocasional compañero de haberlo pensado él, de haber recordado una foto o un ambiente similar y adaptado a su espacio.
Y por un instante compartir con él la dicha del descubrimiento, de su creación. Y cómo describir la alegría cuando volvían a consultarla sobre los veladores apropiados para la mesita de luz que combinara con la colcha que encargó para confeccionar con la tela del tercer estante comprada diez días atrás. O qué elegir para las cortinas de la cocina, «…porque las actuales están viejas y desteñidas y es preciso cambiarlas, y el sol da de tarde y me gusta tomar mate justo a esa hora». O cualquier otro tipo de detalle. Era el broche de oro para su venta,
Y el bocinazo, que en forma de colectivo atraviesa su mirada ocultando el cartel. El primero —hacía mucho tiempo— le había anunciado cambios en su futuro inmediato.
«Liquidación por mudanza»
«Nos trasladamos a la vuelta»
«Siempre con las mejores ofertas»
Las promesas de mejoras laborales y monetarias acompañaron la novedad. Con qué alegría y esperanza suspendió las vacaciones ese año para colaborar en la mudanza. Se sentía formando parte de la familia, tenía su “lugar”. Total, a pesar del enojo de su novio, Liliana decidió que los días de descanso se los tomaría más adelante, cuando el año se acercara al invierno, en ese momento no le hacían falta. A pesar de sus ruegos él no cambió la fecha, se las tomó en febrero como lo habían planeado para irse juntos. Liliana programó irse sin acompañante a fines de julio, a su pueblo a visitar a los amigos de la infancia. Pero en julio tuvo que reemplazar al dueño que llevó a sus hijos a pasear a Disneyworld y luego a Nueva York. Y además para qué quería las vacaciones ahora, sin Daniel. Le costó mucho reemplazar su ausencia y convencerse que estaba mejor sola. No demostraba su dolor, no quería que le preguntaran, mucho menos que le tuvieran lástima. Ese año no tuvo viaje.
La tienda cambió de dirección, pero no de nombre, la vidriera solo se trasladó unos pocos metros. Mantuvo su identificación. La misma disposición, la misma escenografía. Liliana no extrañó el cambio; la rutina diaria se mantuvo sin alterarla.
Ruido a frenos, gritos en el bullicio que eran para Liliana un auto oscuro y un chico, una sombra agitada, terminaba su salto oportuno en la vereda. El sol que se reflejaba en el vidrio la encandilaba y le impedía ver la cara asustada, las piernas temblando.
El cartel seguía colgado cerca de la puerta exhibiendo las letras al exterior. Por un momento pensó que se iría formando parte del susto del muchacho. Pero no, obstinadamente permanecía sin moverse repitiendo el mensaje de advertencia a los transeúntes curiosos que lo quisieran leer.
No era el mismo que la vez anterior, ni las letras ni las palabras ni el tamaño. Pero estaba colgado en el mismo lugar que el otro, con veinticuatro años de distancia. Al verlo el primer día los eventos sepultados en el olvido afloraron y los dolores vapulearon su alma. Como la vez anterior comprendió rápido su mensaje; esa noche se despertó en medio de pesadillas. En ellos Daniel reapareció enmascarado de aislamiento y sus sobrinos se convirtieron en los hijos que nunca tuvo.
Una voz de trueno intenso, le repitió cada vez que intentaba dormirse:
«Liquidación por cierre»
«DEFINITIVO»
Recorrió como pudo el largo espinel de los recuerdos. No recordaba las lágrimas de impotencia desbordando el angustiante recorrido de su casa al centro, esas cuadras caminadas con pesar cercadas por sensaciones hostiles. Olvidaba los colores de las paredes que se habían sucedido a lo largo de los últimos años. El torbellino de pensamientos la arrastraba a través de la humedad de la vereda. O eran sus ojos, que al llegar, se negaban obstinadamente a posarse en la cartulina delatora y se concentraban en las baldosas grises de granito de la vereda de enfrente. Trataba de visualizar las estanterías llenas de telas sin estrenar. Todo en vano.
Otra imagen la asaltó, no entendía la secuencia con que arribaban y sus causas. Tampoco le importaba.
Una luz tenue acompañaba su mente, iluminando ese género que había llevado alegre, alborozada a casa de su hermana. Era su aporte familiar, la evidencia física de su territorio. Cuando entró no tenía decidido para quién era. Si para Agustín o para Elena. Ni cuando desparramó su cariño habitual sobre sus sobrinos se animaba a decidirse. Y en forma repentina se le ocurrió la solución. Se decidió por un bolso para llevar las viandas al colegio para cada uno, de esos informales, tirando a mochila confeccionada desprolijamente. Y entonces la aventura compartida, a fabricarla entre chistes y bromas, compartiendo el desorden del armado con los dos reemplazantes de hijos que tenía.
Porque luego de la ruptura con Daniel aprendió la lección. Una lección dura, amarga, liberadora. Ese era su destino anticipado, su vida huérfana de compañero, vigilada celosamente por las telas que la espiaban desde los estantes. Ella debía ser la tía más querida y esperada de todas, la preferida, la insustituible. Y además. Además, ese aviso que insistía en no desaparecer. Y ese viejo que la mira a través del espejo de la vidriera con la cara cortada por la columna de la esquina; que a su vez se confunde con las ramas sin cortar del árbol seco, ya sin vida que se parece a… Si, a ese anuncio que dice sin misericordia:
«Liquidación por cierre»
«DEFINITIVO»
Las voces —respetando los tonos que reflejaban vergüenza, culpabilidad, que temblaban porque se sabían injustos— todavía subsisten en sus oídos, son el eco fiel que aún rebota en su mente. «Porque sos como una más en la familia». «Todo lo que te debemos». «Cuando podamos te vamos a liquidar lo que corresponde». «Queremos lo mejor para vos». «Te vamos a extrañar». «Es difícil, pero debes comprender que no podemos ofrecerte más». «Vos conocés la situación desesperante en la que quedamos» «Tuvimos que vender dos de los cuatro coches y suspender el viaje a Europa que habíamos proyectado durante tantos años y nos lo merecíamos». «Cuando necesites algo avísanos».
Otra bocina que interrumpe la continuidad de su relato que evoca su ayer como una película muda. Y otra bocina que le sigue a la primera reafirmando el mensaje. Por un momento piensa que están dirigidas a ella, le están pidiendo que abandone sus ilusiones, sus deseos que no se cumplirán. Que por más que insista el anuncio indeseado seguirá estando… inmune a sus recuerdos, a su memoria; sin importarle sus nostalgias ni su pasado.
Estática en el centro de la borrasca emocional se interroga mientras el dolor crece sin pausa: «¿Por qué no borran esas palabras que sobran en la vidriera?» Esas que lastiman su alma y arrojan el llanto profundo contra su historia. Esas que se hacen indeseables a fuerza del calvario que han trazado. Esas que se convirtieron en angustia y oprimen salvajemente su presente. Esas que le impiden percibir el interior del negocio iluminado con su sonrisa. Del negocio que ya no es su refugio, del negocio que inexorablemente se le escurrió entre los sueños durante años de nada; sin que se diera cuenta, sin que pudiera defenderse.
Y siente hambre. Hambre de sol, hambre de aire libre, hambre de no hacer nada, hambre de no darle explicaciones a nadie.
Inmóvil, ausente, con los pies enraizados en el último escalón de la puerta de entrada, los ojos fijos en un punto ubicado en el interior dormido que sola Liliana conoce. Retoma la calma; la respiración recupera su ritmo habitual; sitiada, casi asfixiada por la sombra del árbol incrustado en la vereda se encuentra titubeante; perdida y solitaria entre los senderos que trazan en la acera los zapatos apresurados de gente que ignora su sufrimiento, como si este dolor fuese natural, y estuviera acostumbrado a la humedad y al sol. No puede evitarlo: ve a su horizonte que se aleja con sus sobrinos jugando a las escondidas. Ve a Daniel que se asoma fugazmente en el reflejo cruel de un auto que se pierde en la esquina.
Y con resignación retoma el camino hacia su destino tan monótono como siempre, tan descuidado como antes, tan cercano como su memoria, tan fugaz como su soledad.