Reflexiones a la luz de las emociones – A Frida

La Casa Azul – Museo Frida Kahlo

La Casa Azul es el Universo Íntimo de Frida Kahlo. En esta bella residencia, vivió la artista la mayor parte de su vida; inicialmente junto a su familia y años después, con Diego Rivera.

He conocido la casa donde vivió Frida. Y es solamente Frida, porque como decía Prevert “yo tuteo a los que amo, a los que se aman” y le agrego, a los que me regalan a través del tiempo parte de su existencia. Y recorrer esas habitaciones de techos altos, entrecruzadas por senderos sin orden, solo uniendo cuartos que uno se imagina creados por el capricho cotidiano de encontrar la vida en cada uno de ellos. Cada uno tiene nombre que remite a su utilización, pero desconocemos que puertas abría a cada personaje que habitaron esa casa azul.

Hay paz en sus pisos. Hay energía en cada pared. Se me ocurre que salir al jardín exuberante de colorido es catapultarse a mundos mágicos, sin contaminar por una ciudad que la tiene sitiada, aislada. Es más amplio, porque la casa se encuentra en un laberinto dentro de otro laberinto que es la ciudad de México. Calles empedradas, casas de geometrías desparejas, distintas unas de otras, independientes, orgullosas. Arquitectura que escapa a definiciones. Árboles de tallo delgados como modelos de pasarela, pájaros trinando bulliciosamente mientras saltan de rama en rama. Es una ciudadela escondida en otra ciudad, es un espacio privilegiado.

Pero volvamos a Frida. Uno —yo personalmente—, se encuentra con el dolor como motor del arte. De ese arte visceral que nos despierta a otra realidad, que nos regala un despertar asustado. Cada obra de ella es dolor, un dolor que ocultaba en su cotidianeidad, que convivía día y noche agazapado, tan traicionero como fiel. Nunca la abandonó. Y en esa sociedad gregaria, en la que se puede ser diferente pero no mucho, ella luchó para que la aceptaran, para que no la apartaran y la abandonaran al olvido por sus dolencias, por ser ”enferma”. Eso lo dejo para expresarse.  Desterró el dolor de su persona y lo encadenó transformándolo en prisionero de sus pinturas. Lo enclaustró entre colores rebosantes de vida. Lo exorcizó. Y entonces vivió vital, con alegría, probando todo lo que la vida le daba a examinar. Con alegría, sabiendo lo que significaba, sin necesidad de posturas para mostrarse talentosa. Su talento no está en sus obras, está en los hechos que se descuelgan de cada una de ellas. Como Van Gogh, como Rimbaud, su obra maestra es su vida. Y sus pinturas nos dan testimonio de ello.

Yo te saludo Frida. Por los senderos que me abres.