La oficina se despabila como lo hace desde que fue civilizada. Desde ese momento fundacional en que el primer empleado pasó por la puerta. A partir de ese hecho el espacio atrapado por monótonas y pálidas paredes dejó de ser un páramo cerrado, inhóspito, sembrado de escritorios despojados de útiles y armarios rellenados de vacíos, de pisos vírgenes de pisadas y cocinas que lucían orgullosas sus prendas de fabricación intactas.
Ese día la oficina inauguró la rutina, cortó simbólicamente la cinta. Le dio origen a su historia. Estableció la normativa diaria.
Primero iluminarse. En los días largos con el sol encandilando las paredes, en los días cortos o tormentosos con la luz blanquecina de tubos rebotando en paneles opacos.
Después ambientar a la cocina como el oasis indispensable para leves y distraídos recreos: la máquina de café desafinada al preparar las infusiones, el dispenser de agua fría y caliente dejando caer el agua al rebalsar el depósito, la heladera devoradora de viandas, los vasos de plástico encastrados uno dentro de otro, los sobrecitos de azúcar y edulcorante amontonados en colinas difusas peleando por quedar en el primer lugar, las cucharitas haciendo equilibrio contra las paredes de un vaso roto en una distracción sin relieve.
Enseguida ventilar, rotar el aire nocturno cargado de pesadillas vagabundas, de palabras olvidadas el día anterior que nadie prestó atención, de angustias ocultas debajo de computadoras indolentes, de alegrías saltando y festejando bulliciosas y rebotando contra los paneles divisorios, de nervios desatados por errores cometidos y de sus soluciones que se esconden tras las cortinas, de enojos reprimidos por las buenas costumbres, de chistes ocurrentes, de chistes denigrantes. Las ventanas abiertas renovando el ambiente, purificándolo de los resabios malolientes del día anterior. Muchas veces el aire es tan compacto que se resiste; es un bloque denso que lucha por su supervivencia. El aire externo debe reforzar e intensificar su astucia y sus fuerzas, pero —inevitablemente — siempre termina desalojando al inquilino indeseable. Impone un equilibrio que se irá deteriorando mientras el día avance.
Estabilizar la temperatura. Es la tarea más delicada porque conduce a discusiones estériles entre los empleados. Los friolentos a la derecha del ring del campo de batalla. Los calurosos a la izquierda. El termostato es violentado cada media hora. A 18 grados, a 26, a 24. Va y viene como un trompo arrojado por primera vez por un niño sin experiencia. Gira y se tambalea una y otra vez. Y los afectados alternativamente se colocan un suéter o se lo quitan. Siempre con expresión de fastidio.
La oficina está acostumbrada. No se inmuta, no le molesta. Con paciencia quita el cerrojo electrónico de la puerta. Está lista, el día comienza.