La brújula desorientada
La brújula se desvaneció del cajón del escritorio. Agotada y acalambrada por mantener la aguja inmóvil por años. Porque nadie la recordaba y mucho menos la sacaban de su caja, ni para comprobar que los polos seguían en su lugar, sin moverse, sin mudarse a otras regiones.

Un día de nostalgia decidió que nadie la echaría de menos si se iba. Y fue lo que pasó. No se dieron cuenta de su ausencia. Su marcha no fue larga, ya que se instaló en la biblioteca del vecino. Curiosa, inquieta, nerviosa —como lo fue siempre—, comenzó a leer sin filtrar; necesitaba saber qué rol desempeñaba en una sociedad que bifurcaba caminos nuevos todos los días pero no consolidaba ninguno. Los senderos eran flores de cactus que se abrían por un día y desaparecían al otro. Para colmo todos los habitantes y visitantes de la biblioteca hablaban a sus espaldas de GPS o algo parecido. Estaba confundida, desconcertada.
Observadora, desde su refugio entre anaqueles pronto descubrió que las personas, por lo general, transitaban la vida sin rumbo determinado. Y se perdían por no saber leer las señales de la vida, por no prestarles atención. Durante la noche observaba a los murciélagos esquivar obstáculos en la penumbra, lanzarse en picada sin tropezar con algún objeto dejado imprudentemente en el medio de su vuelo. Tampoco ella les servía a ellos. Dedujo que todos recorren senderos invisibles en la oscuridad, personas y murciélagos. Estos por sus hábitos nocturnos, por debilidad de su visión, aquellos por atolondrados, por no detenerse a mirar por la prisa, la inmediatez. Siguió y vio fotos de caballos con anteojeras, los incorporó al grupo a los que podía ayudar. Después analizó a los cangrejos y la sorprendieron, caminando de costado, la vista buscando una dirección y las patas para otro lado. Otros candidatos.
No siguió profundizando, no entendía porque habiendo tanta necesidad de orientación nadie recurre a ella, nadie le asignaba tareas, nadie la tenía en cuenta. Se refugió en lo profundo de los estantes, los más alejados.
Pasaron años, cambiaron libros de lugar, desaparecieron algunos que lamentó y fueron reemplazados por otros que no entendió. Se empachó de palabras pero no logró un discurso. Hasta que llegaron los niños y el abuelo les enseñó a jugar al ajedrez. La salida a su trampa existencial. Atenta aprendió que hacía falta una estrategia para mover las piezas, que era necesario trazar un plan, saber o proponer el final del camino. Cada movimiento tenía un “norte”, una explicación que estaba más adelante, en el futuro.
Esa era su función, lo más parecido a sus habilidades. En la dificultad del aprendizaje de los niños comprendió que el universo es caos, desorden y lo extravagante es tener objetivos claros.
Ya podía descansar tranquila.