No lo sabía, no podía saberlo, pero él —Tlaloc— repetía la escena de otra persona en otro tiempo y muy alejado en el espacio. En la soledad del dolor, se interrogaba sobre la culpa, resignándose ante el remordimiento. Parados ambos —él y Hamlet— en el vértice del misterio, en busca de respuestas a preguntas que brotaban de las profundidades de sus seres. Uno, sosteniendo una calavera en el interior de un castillo lúgubre; el otro, con la obsesión culposa de los pozos rituales desaparecidos bajo una manta verde azulada embarrada. Uno, recorriendo pasillos en penumbras; el otro, trazando senderos de dolor en moradas boscosas. Uno, alimentando la sed de venganza por actos ajenos; el otro, sintiendo crecer la impotencia por su error, sintiendo a la angustia arañar su garganta. Uno, el mortal que se enfrentaba a la muerte de un familiar; el otro, un dios ante la muerte generalizada. Ambos consumidos por el sentido de injusticia. Ambos rebelados contra las leyes naturales.
Porque él, Tlaloc, era el agua. Toda, sin excepciones, sin distinguir formas ni cantidades: la de las lagunas con manatíes danzando suavemente entre peces luminosos, la de los cenotes sagrados y profundos de piso de huesos inocentes ofrendados cumpliendo un contrato cruel, la de los torrentes que se precipitan desde las cimas de las montañas, la de los arroyos que serpentean sumergidos en selvas intrincadas. La que se utiliza para beber y la que se dedica al riego. La que alimenta y la que ahoga.
Se había dejado invadir por la pereza, por la satisfacción que lograba al observar que el agua se acumulaba más y más y que a ratos se veía obligado a subir la altura de los márgenes para que no desbordara. Y se hundía nadando cada vez más profundo, llegando más lejos. Y descansaba en la superficie luego de cada zambullida. Gozaba con los rayos del sol recorriendo su piel. Disfrutaba su barba mojada. Y el fondo cedió imprevistamente. Fueron mares precipitándose sin aviso, sin alarma. Y el bosque fue agua, y la vida sepultada bajo el líquido. Una palabra nueva brotó en la desgracia: diluvio.
Y sintió emociones desconocidas para los dioses. Y quiso ser agua. Y quiso olvidar. No pudo. Ahora tenía deudas en moneda de sacrificios inútiles, innecesarios porque había fallado.
Entonces los demás dioses lo apartaron, había puesto en peligro la relación de ellos con la naturaleza, la credibilidad de sus compromisos. Su obligación era restaurar los daños, recrear el equilibro. En su soledad encontró la solución: nombrar cuatro ayudantes, llamados Tlaloques, y ubicarlos en los cuatro puntos cardinales; entregarles cuencos diferentes para cada tipo de lluvia; para devolver el agua a la tierra deberían romper el recipiente.
Pero una sensación extraña recorría su mente, no estaba conforme; faltaba algo que no alcanzaba a descubrir. Había llegado a un punto muerto, no encontraba cómo superarlo. Y entonces un sonido grave y profundo lo sacudió y lo puso en guardia. Era solo una de las ramas más altas que se había partido y caído, golpeando con estruendo al llegar al suelo.
Y se iluminó su rostro intranquilo. Necesitaba avisar con anterioridad a los habitantes de la zona elegida que se avecinaban tormentas, darles tiempo a todos a guarecerse. Pensó en luces que surcarían las nubes rasgando negruras y llamando la atención y en ruidos opacos y graves que retumbarían despertando a los dormidos, asustando a los distraídos. Y los bautizó: rayos y truenos. Y se provocarían al golpear la vasija para desencadenar la precipitación, serían los compañeros insobornables de lluvias, lloviznas, tempestades, borrascas y aguaceros.
Una sonrisa de satisfacción se adueñó de su rostro.