El viaje de regreso fue animado. No era el mismo séquito que había partido días atrás. Tenían invitados. Un druida celta, un chaman de una tribu navaja, un tulpa tibetano, un asu sumerio. El fauno responsable de organizar banquetes y festividades bromeaba diciendo que eran recolectores de hábitos extraños en culturas ajenas, como un zoo costumbrista, y que debían habilitar una gruta iluminada en el faldeo del Olimpo para exhibirlos.
En el recorrido por senderos que atravesaban la zona hueca de la tierra subterránea, no pararon de contarse anécdotas, reírse de las conductas bárbaras que fueron desacreditando meticulosamente, de burlarse de actos que dejaron en ridículo a amigos y compañeros. Al igual que en el de ida no prestaron atención a los vehículos de transporte, ni tampoco al itinerario. Solo respiraron aliviados al recuperar su lugar, al reconocer objetos y paisajes familiares.
Llegó el momento de la despedida. Y en ese momento repararon en la Náyade de la historia romántica; todos recordaban su encuentro con el dios maya. De costumbres tan distintas, de idiomas tan divergentes. Como no podían comprender los hechos, habían optado por ignorarlo, por ocultar la narración bajo pilas de bromas crueles, imitaciones superfluas y recuerdos pantagruélicos. Nunca se hizo una mención a los dos.
Un observador detallista habría notado en ella su mirada opacada por las nubes sin tormenta del mar Egeo, la escasa participación en charlas circulares, la no integración al grupo de narradores aficionados que dramatizaron los acontecimientos relevantes de la festividad. Aislada, lejos del ruido, comiendo lo indispensable. Compañera inseparable del silencio. Los síntomas son evidentes y todos coinciden: tristeza, melancolía, depresión. E imperceptiblemente el pánico se apoderó de sus hermanas.
Está vívido en sus mentes y almas, el recuerdo del asedio al pueblo de Crisa. La Néyade perteneciente al mismo tronco tribal, desatendió sus obligaciones respecto al cuidado del agua potable del pueblo y facilitó con su conducta irresponsable a los atenienses el envenenamiento de la fuente abastecedora del líquido. Fue con la planta tóxica eléboro. Todo por estar enamorada de un pastor; en realidad se supo más tarde de un fauno disfrazado. Y ella se extinguió con la fuente, un drama inevitable que no encontró vate que lo narrara. No se podía permitir una repetición del hecho, nadie volverá a tener confianza en ellas.
Velozmente decidieron consultar a Hécate. Poderosa protectora de hechiceros y brujas, relacionada con Hermes y sus misterios, presa ella de oscuros entramados personales, era la indicada para encontrar la solución a la enfermedad de la Neyade. La respuesta fue cortante :
—No tengo interés en una simple diosa de cuarto orden, mi escaso y valioso tiempo lo dedico cuidar a las personas más importantes —y agregó molesta—: Y se sabe, esta enfermedad es producto de la culpa, que lleve su carga a cuesta.
Buscaron a Dionisio, pero estaba ocupado en las próximas festividades. Y a la más joven se le ocurrió una idea que cambiaría la historia: Consultar al Druida que los acompañó en el viaje de retorno.
A ellas les fascinó su porte delgado, desaliñado. Pero lo que más les llamó la atención fue el caminar. Se deslizaba solo sobre senderos vegetales, esquivando piedras sueltas,
eludiendo el polvo estéril. Siempre los pies en contacto con la tierra, intercambiando energía, en diálogo sin pausa con las fuerzas naturales. Lo observaron con detenimiento, apoyaba suavemente el talón y luego deslizaba la planta de los pies. Siempre auxiliado por su vara debidamente consagrada y con la cual inspeccionaba el entorno. Una coreografía perfeccionada por años. Daba la impresión de deslizarse sobre el agua, a un pequeño paso de flotar. Siempre acompañado por sus herramientas personales: el Athame, la hoz y el cáliz. Y en este paisaje extranjero sufre, pero no lo demuestra. Es muy diferente el andar en las cercanías ariscas del Monte Olimpo que en los bosques densos y mullidos de la Galia y Bretaña.
La pregunta lo sorprendió. No fingió sorpresa, la tenía. Escuchó atentamente la narración. Se dejó arrastrar por la cadencia de vocablos cuyo significado a menudo adivinaba. Compartió con los protagonistas el momento del enamoramiento, el disfrute de la compañía, la soledad de la separación. Conocía casos semejantes, pero éste era diferente a todos. Se trataba de dos individuos que no eran personas, representaban fuerzas naturales y velaban por ellas. Era extraño que fueran víctimas de la pasión, porque desde fuera no había otra explicación. Pidió hablar con ella a solas.
Escuchó con la paciencia de una encina sagrada. En su juventud aprendió de ella el arte de arrojarse al torrente de una narración y bucear en cada palabra pronunciada, reparar en las entonaciones y transformarse en ecos de confidencias y secretos. Esos árboles majestuosos, postas de conocimientos y sabidurías durante siglos le susurraron la clave para su tarea: confundirse con el enfermo, integrarse y ser su problema, Convertir las emociones en palabras y las correcciones en acciones. Hablar cuando se lo piden y nunca saber más que los demás.
Comprendió en seguida. Sus ojos se confundieron y penetró como una niebla cálida en los recuerdos que pugnaban por escaparle al olvido. Se ubicó entre ellos y les fue dando el orden que las emociones le negaban. Suavizó detalles, coloreó con delicadeza, hizo que se deslizaran por pendientes de follaje, los vistió de risas. El rostro de ella le agradeció con luz.
Repasó sus remedios básicos. Para el indicado necesitaba: Polvo de estrellas recogidas en el solsticio de invierno, del empapado por la luna, no del desprendido desde el sol; lágrimas de las hadas del bosque durante la consagración de la fertilidad; cabos de manzanitas de la huerta ubicada en los hielos eternos; sal del mar muerto, pero solo aquella que se obtuvo sobre el arca de Noé al finalizar el diluvio. Y amalgamado en su marmita, mezclado en forma de espiral con su Athame en su cáliz, calentado con fuego de uñas de dragón.
Y mientras buscaba donde encontrar cada ingrediente, una canción le sorprendió. Era una melodía proveniente de nubes muy lejanas, bañadas con lágrimas de ausencia. Una letanía que se perdía en un bosque de reclamos. Palabras que dibujaban soledades en el aire. Que partían de cavernas de aguas cantarinas y se precipitaban a pozos oscuros bajo la fronda herida. Repitiendo una y otra vez, en un estribillo de añoranzas, el llenar el cuenco de sus manos con el líquido compartido. Llevaba al caer en la tierra la entonación levemente ondulada de abundancia de vocales de las lenguas micénicas y la fuerza de las gargantas opacadas por consonantes largas y cavernosas del ritual maya antiguo.
Entonces encontró la solución. No necesitaba brebajes, no lograría nada. Debía enseñarle las técnicas en desuso de viajar en sueños, que se habían desterrado por la cantidad
de viajeros que decidían no retornar, de quedarse en universos a medio camino de realidades no deseadas. Debía indicarles cómo construir moradas de fantasías, de paredes inmortales y pasillos de mandrágora, de techos de retamas y escaleras de peldaños de arrecifes del aire.
Les iba a regalar cómo superar la distancia, cómo evadir el tiempo, cómo sepultar la separación. Eran sus iguales, él también guardaba en secreto una historia de encuentros y deserciones, de claudicaciones. Con su vara trazaría los senderos hasta el hogar que alguna vez diseñó para sus utopías, hasta el alhajero circular que conservara la magia de lloviznas vertidas desde sueños esquivos.
Glosario
Athame es una daga ceremonial utilizada por los Druidas. Usualmente es una daga de mango negro y debe tener una hoja de doble filo a pesar de que no debe usarse para cortar. El uso primario del athame es para el ritual y con propósitos mágicos solamente, para dirigir energías. Para cortar hierbas o cordones se usa otro cuchillo de mango blanco llamado bolline.
El athame representa lo masculino y es usado en combinación con la copa o el cáliz, que representa el lado femenino. Esta combinación evoca el acto de la procreación como un símbolo universal de creación.
Náyades eran las ninfas de los cuerpos de agua dulce — fuentes, pozos, manantiales, arroyos y riachuelos —, y encarnaban la divinidad del curso de agua que habitaban, En su calidad de ninfas, las náyades son seres femeninos, dotados de gran longevidad pero mortales. La esencia de una náyade estaba vinculada a su masa de agua, de forma que si ésta se secaba, ella moría.
Sitio de Crisa:. Durante la Primera Guerra Sagrada en Grecia, cerca al 590 a.C., Atenas y la Liga Anfictiónica envenenaron el suministro de agua del asediado pueblo de Crisa (cerca de Delfos) con la planta tóxica eléboro. Lo ocurrido es cuestión de debate. Lo primero, y por lo tanto probablemente más fiable, es lo que cuenta el escritor y médico Tésalo. Él escribió, en el siglo V a. C., que los atacantes descubrieron la tubería de agua principal de la ciudad después de que fuese dañada por una pezuña de caballo. Un asclepio llamado Nebros aconsejó a los aliados que envenenasen el agua con elébora. El elébora pronto provocó diarrea a los defensores, lo que los debilitó tanto que no pudieron seguir resistiendo el asalto. Crisa fue tomada y toda la población sacrificada. Nebros era un antepasado de Hipócrates, por lo que esta historia hace preguntarse a muchos si tal vez no fue el uso del veneno por su antepasado lo que llevó a Hipócrates a establecer el juramento hipocrático.[1]