Fueron convocados para la celebración de una fiesta pagana en desuso. Eran todos dioses menores, desterrados por la ciencia. Babilonios, mayas, chinos, nórdicos. Con rituales olvidados y sacerdotes ausentes.
Y en esa confusión de invitados que hablan lenguas extrañas, sus miradas se cruzaron y se reconocieron. Callados, se apartaron. Buscaron el silencio. Dialogaron con señas y se enseñaron palabras.
Él, junto a sus tres hermanos, eran los encargados de juntar el agua que almacenaban en sus cuencos, y era el trueno de voz profunda y grave el que los rompía provocando la lluvia.
Ella forma parte del séquito privado de Poseidón. Protectora de estanques de múltiples peces multicolores, habitante de grutas cubiertas de agua dulce, adornadas con crustáceos de forma circular y colores gaseosos.
Él, proveniente de Mesoamérica, de vozarrón aquietado por la garúa interminable de soledades sin compartir. Ella, de ascendencia micénica, de voz suave, pronuncia palabras con cadencia de lagunas que esconden magia. Sin vocablos, sin lenguaje en común. Con señas y con los ojos intercambiaron discursos, confesiones. Con las caricias se prodigaron ternura.
Los dos se abandonaron en sus miradas. Los dos se olvidaron del protocolo. Juntando los pies recorrieron mesas repletas de platos. Con las manos entrelazadas se perdieron en el banquete. Cambiaron entre sí y probaron el agua del otro a través de sus labios. Ella aprendió el sabor de las aguas de las tierras americanas.. Él, de la transparencia de los mares interiores.. Él, disfrutó del sonido cantarino del agua cayendo desde rocas filosóficas. Él supo de oráculos que nunca había escuchado, ella de ritos sangrientos no deseados, pero inevitables en el dogma. Él comprendió la poca profundidad de los estanques y el cuidadoso afán de criar peces de colores, ella se asombró de las profundidades de los pozos rituales y la falta de vida en la oscuridad.
Él y ella se prometieron. No sabían con certeza qué, pero se prometieron. Ella, a decorar su vasija, a replicarla en su gruta individual, personal. Él, a recorrer su refugio en la selva con cada gota de su cuenco, trazando dibujos en las paredes que impidieran su olvido. Juntos partieron. Silenciosos, sin avisar. Juntos recorrieron espacios que no conocían. Los dos vaciaron lentamente el agua del recipiente en forma de llovizna, en precipitaciones disfrazadas de algo que no sabían nombrarla. Los dos volvieron a llenarlos restándole agua al océano. Sabían sin decirlo que estarían juntos mientras la lluvia se desplomara sobre la ciudad.