Cautivos

Solo recordaba la prisa, los detalles se desdibujaban. La sucesión de hechos desde que recibió la noticia hasta que tuvo la crisis, quedan amontonados, confusos. La rabia continuaba, no lo podía evitar. Le era imposible calmarse, poner orden en sus pensamientos, en sus emociones.  La bronca contenida se estrellaba contra sus sienes. No existía palabra que pudiera salir de su boca. Tal vez podría aullar, pero no se animaba. Así que respiró hondo. Permitió que sus músculos se relajaran, que su mente se aquietara. 

¿Cuántos años de casados? ¿Y de novios? No quería recordarlos. Sí, le revolvía la memoria las ganas siempre postergadas de conocer el sur, en especial Bariloche. Tenía fotos guardadas recortadas de revistas.  Soñando despierta había visitado la ciudad, abonado su entrada al Cerro Catedral y quedado magullada por la nieve al intentar esquiar.  Fantasías nunca cumplidas. Quimeras abandonadas, relegadas por urgencias, por otras prioridades. Siempre había alguien que la necesitaba: su madre, su esposo, sus hijos. Siempre alguna obligación irrenunciable la postergaba.

 Y ahora, había ganado el sorteo. Era su revancha. Desde hacía años se anotaba en todos, con el anhelo de ganar alguna vez.    ” Villa Traful”, se enamoró del nombre. Remitía a bosques, a misterio, buscó por Internet y su amor creció con los paisajes que adivinaba. Memorizó cada foto del portal, cada nombre. Su fantasía la remontó en el viento aislado y la trasladó a esos paisajes.

 La alegría la rejuveneció. Y el golpe la envejeció. 

—Este fin de semana no puede ser —fue la respuesta tajante de su marido. Él había organizado un asado con su hijo para ver el partido del Barcelona, con la participación de  Messi. Recalcó las últimas palabras con orgullo, como si el jugador fuera parte de su familia.

—Y si ganamos —él se incluía como si  participara del grupo saliendo a la cancha

— y es lo más probable, saldremos campeones —Aquí su tono fue desafiante. 

—Es imposible que viajemos a ese lugar. ¿Cómo dijiste que se llamaba? “.

 Ellos habían seguido al equipo todo el año, visto todos los partidos. Festejado en los triunfos, amargado en las derrotas. Él tenía su camiseta y sus hijos los banderines para festejar. No se lo podía arruinar. Y menos por lugares cuyas fotos podían ver en cualquier momento.

 Ni las lágrimas se asomaron. Es más, se escondieron en lo profundo. Decidió que le iban a hacer falta en otra oportunidad. En ese momento el pozo era un abismo sin fin. Se dio cuenta que había llegado a un punto sin retorno. Era demasiado para una rutina opresora. Para idas y vueltas sin objetivos. Para pasos mareados de recorrer senderos circulares. Para ojos sin brillo que se conformaban con los colores opacos de su realidad.

 Recordó cómo fue gestando su bebé (En los dos vivió las misma experiencias, un calco una de otra, tanto que se mezclaban las situaciones, al hablar de uno también hablaba del otro). Las sensaciones al experimentar su crecimiento. Palpándolo. Absorbiendo su evolución

Ese fue el punto de ruptura. Así reconoció su rebelión. La vio emerger desde su rabia, alimentada por frustraciones, por renuncias, por  haber resignado sus aspiraciones; pero por sobretodo por su presente.

 Ahora, sentada en el borde de su acantilado, solitario y tenebroso, sintió las gotas de su pasado golpearle el rostro. No hizo falta probarlas, conocía su sabor de memoria: saladas y amargas. Las sintió resbalar por su frente, por sus mejillas. Delicadas, esquivaron sus ojos ocupados en buscar una luz, en encontrar una esperanza. Repentinamente, brotadas de la oscuridad,  imágenes de una película se reflejaron sin formas, solo recuerdos vagos trayendole más bronca. “Dos mujeres recorriendo caminos”. Buceó en su memoria tratando de recordar el nombre. Thelma y Louise, escuchó el eco de su memoria. En ese dramático final se había sentido heroína, volando en el auto había sido por una vez libre, escapándose con éxito de las cadenas cotidianas.

 Y el relámpago fracturó la noche. Le mostraba una cabaña haciendo equilibrio en un bosque poblado de duendes, radiante, esperándola con su puerta abierta. Y ella en el umbral, sola, verificando que no hubiera televisor en ninguna habitación.

Ellos tres cautivos de su pasión deportiva egoísta, ella cautiva de sus sueños relegados

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