Se detiene en la puerta siempre cerrada durante el día. Angustiada, ansiosa, todos sus años se apretujan en su corazón, inquietos, buscando escapar por ese túnel que se abre imprevistamente. Hasta ese instante, en forma cotidiana repite la misma rutina. Repasa con rapidez: girar la llave con temor e ingresar a la habitación en la semipenumbra, sin prender la luz. Cada vez que lo hace que se imagina, y lo siente, que amparado en la oscuridad él se abalanza sobre ella y le tapa los ojos con su frac, mientras le grita aterrorizándola con esa voz tan familiar y tan seca de humanidad.
Su padre se lo había explicado desde que tenía memoria. Era solo un muñeco de madera, lo más parecido a una persona, porque su función era actuar como tal. Ojos inmóviles que simulaban tristeza, alegría, desconcierto, picardía, terror, ira de acuerdo al tono de voz, a los matices de los sonidos que surgían desde el ventrílocuo. Con su quijada cortada con una daga sin esterilizar, que se movía verticalmente al ritmo de las palabras dictadas desde el tirano esclavizante.
La casa de la marioneta, su hogar, ubicada justo al lado de su cama. Iba a ser su compañero, su hermano sin crecer, sin evolucionar. Ese era su destino.
La mano sobre el picaporte deja gotas de sudor originadas por los nervios, es la tensión acumulada por largos años de resignación. Los primeros llantos infantiles se debieron a la terrible impresión de compartir el cuarto con un hermano de nombre Anastasio. Mientras que de día jugaba y era mimada por familiares y amigos, al ir a dormir era condenada a ver los ojos inmóviles clavados en el techo. Estos, impávidos no reaccionaban a sus lágrimas, no respondían a sus gritos, no rechazaban su rabia. Solamente se quedaban mirando la nada. Dentro de su mundo artificial, sin buscar su sonido, sumido en el limbo de su casa. Con sus posesiones que no le pertenecían, que no se renovaban, igual a sí mismo a través de los años en los que ella se transformaba y crecía. Él no.
Ella fue aceptando, con el tiempo, los chistes que su padre le hacía. Se rebelaba en su interior sin manifestarlo, apagando las llamas que consumían su garganta. Soportando mientras la angustia le devoraba el estómago, que fuera Anastasio el que le explicara geografía, o la retara por haber roto un plato sucio de comida en la cocina. En cada recuerdo que tenía de su padre aparecía él en el medio. Arrastró pesadillas al descubrir que durante las vacaciones en la playa, la casa de él se trasladaba con ellos e invariablemente la ubicaban junto a su cama. En una de esas ocasiones, las primeras, cuando organizaron una función en la carpa de la playa, ella se quedó encerrada en la habitación con una fiebre muy oportuna. No soportaba escuchar a su padre, a sus lecciones, a sus reprimendas veladas convertidas en chistes de dudoso gusto.
Y creció. Y fue adolescente. Y adulta. Y sus pesares la siguieron. Y él la acompañó con sus labios de boxeador retirado y sus ojos de pintura descascarada. Y todas las noches de su vida, se despertó sumida en la oscuridad con la ilusión de sentirlo dormir, de escuchar su respiración alterada por sueños o pesadillas. A veces con la secreta esperanza de oírlo toser, de saber que no era más un muñeco.
Y hoy todo se acaba. Su padre ya no está. Guarda duelo por él, no por Anastasio. En unos minutos vendrán a buscarlo. No se atrevió a honrarlo con una pira funeraria, no se animó a arrojarlo por un precipicio sin fondo, o simplemente a colocarlo en una bolsa de basura. Decidió condenarlo a cambiar su existencia, a imponerle otra rutina, a darle otra voz, a tener otro amo que le dicte discursos y le preste vida a sus ojos. Debe sentir que no tiene iniciativa, que todo le es importado, que es un monigote.
Hoy ella se asomará a su libertad a descuartizar la repetición diaria, a dormir por fin sola, sin pesadillas, sin miedos.
Sin titubear irrumpe en la habitación, por primera vez sin que el temor la conduzca, se dirige a la casa y al mirar dentro de ella la encuentra vacía.