Bosque, viento, orilla

Mar. 1. Símbolo de la dinámica de la vida. Todo sale del mar
y todo vuelve a él: lugar de los nacimientos,
de las transformaciones y de los renacimientos.
Aguas en movimiento la mar simboliza un estado transitorio
entre los posibles aún informales y las realidades formales,
una situación de ambivalencia que es la de la incertidumbre,
de la duda, de la indecisión y que puede concluirse bien o mal.
De ahí que el mar sea a la vez imagen de la vida y de la muerte.

Diccionario de los símbolos – Jean Chevalier, Alain Gheerbrant

A esa altura de desconcierto el café se revolvía solo. Quedaba un poco menos que la mitad de una taza chica. Lo había pedido con desgano, con esa seña tan universalmente argentina. ¿Se usará la misma en otros países? El cerebro —como era su costumbre— seguía jugándole malas pasadas. Lo distraía. Lo arrastraba a comarcas conocidas, lo conducía por senderos que en ese momento no necesitaba recorrer. Brotaban en forma aleatoria pensamientos que le eran familiares, eternamente familiares. Con ese mecanismo tan elemental eludía el caos de la incertidumbre. El resultado no deseado era que le impedía llegar a la encrucijada que había desencadenado su crisis actual. Si seguía así no encontraría la salida a su laberinto.
Escuchó —sin prestarle atención— el eco de las voces cansadas que recitaban monocordemente las noticias del anochecer. Hoy no le interesaban, pero las palabras dispersas que captaba armaban frases recreadas por él. Él creía que significaban lo mismo que registraba su mente. Error. Los conductores decían algo y a él llegaban filtradas, entremezcladas con otras supuestas y con sentido diferente.
Y el café seguía dando vueltas. Su mano derecha —cual un autómata artificia—l guiaba la cucharita en el sentido de las agujas del reloj. Se volvió a distraer. ¿Para qué revolver si lo tomaba amargo? ¿Para enfriarlo aún más? El interrogante quedó sin respuesta porque la pregunta fue rápidamente reemplazada por otro pensamiento. Ahora su atención se concentró en el papel que sostenía en la mano izquierda y parecía la extensión de su dedo índice, que señalaba y blandía la acusación a un tribunal imaginario al cual le prestaba atención en forma desganada.
Recitó por enésima vez su alegato a su auditorio unipersonal. Modificó el orden argumental, tal cual lo venía haciendo desde el principio. Esta vez lo cargó de ira, lo sobrecargó de desesperanza. Sus palabras se diluyeron en su garganta sin emitir sonido, pero igual fueron escuchadas por los jueces y testigos aburridos. Elevó el tono y algunos de ellos se sobresaltaron y escaparon del sopor que dominaba la escena. Sin pausa, empujado por la rabia, enumeró sus argumentos: los años dedicados a la empresa, su lealtad, su dedicación incondicional mientras aguantaba reglas caprichosas y aceptaba con desgano costumbres que para él eran irrelevantes, vanidosas, vacías de contenido. En su discuso vehemente detallaba los esfuerzos que hizo para mejorar, para ser cada vez más útil a una maquinaria administrativa que lo ignoraba, que lo discriminaba con saña.
¿Cuál fue el resultado? Nunca un premio, un solo ascenso arrinconado en la jerarquía.
¿En cuántos años? ¿En cuánto tiempo dedicado? No se acordaba con exactitud, pero eran más de 20.
Así y todo, esa realidad, su oficina, su escritorio, las personas que compartían el espacio incoloro diariamente eran su bosque. Eran su protección. Su vida. Conocía de memoria la distribución de los árboles que le daban sombra y lo alejaban de las inclemencias del tiempo y lo protegían del peligro de enemigos insospechados. Durante años trazó a través de sus troncos, senderos que fueron reforzados por miles de caminatas. Quitó hojas sueltas que se escapaban de su follaje cuando molestaban el trayecto. Ahuyentó alimañas arteras siempre dispuestas a atacarlo para no cumplir con sus obligaciones rutinarias. A fuerza de golpes con los ojos cerrados, era capaz de contar la cantidad de ejemplares de cada especie. Meticuloso y responsable estaba siempre atento a las lluvias repentinas y evitaba el anegamiento en zonas bajas que alteraríán su territorio.
Entonces se presentó la situación que había fantaseado más de una vez pero que nunca pensó que llegaría. Le faltaban dos años para jubilarse. Todavía no había decidido qué iba a hacer, en qué ocuparía su tiempo al convertirse en un huérfano de oficina. No sabía de ocio, no tenía hobby, sus principales preocupaciones pasaban por los partidos de fútbol, por los resultados que le producían alegría, angustias, desesperanzas, ilusiones. Hasta era capaz, sentado frente al televisor —nunca iba a una cancha, solo lo hizo pocas veces en su juventud— de emocionarse y llorar.
Los vientos llegaron desde la orilla desierta. Eran fríos, destemplados. Arrojaron frutos verdes al suelo, taparon los senderos familiares. Tenía atrapado en su mano izquierda el ventilador que los desencadenó: era la notificación oficial que le comunicaba su paso a retiro obligatorio. En forma perentoria, sin contemplaciones ni explicaciones, fijaba en un mes el tiempo definido para completar capacitación a un joven de pelo corto peinado como el último de los mohicanos. Además, ya no debía marcar tarjeta a la entrada y a la salida. Sus obligaciones diarias ahora eran compartidas, su deber cotidiano era menoscabado.
Expuestos sus argumentos al jurado virtual comenzó su acto final, tomó aire y energía necesaria para asestar el golpe dramático de su alegato. La culminación de su descargo. Se presentó como un náufrago frente al océano inclemente que se abría para tragarlo. Un mar poblado de olas que lo agredían sin pausa, con remolinos que trataban de arrastrarlo a las profundidades oscuras. Buscó la ayuda de Viernes pero no lo halló. Gesticuló frente a su auditorio sin mover los brazos, caminó dibujando surcos sin dar un paso. Echó fuego por los ojos sin mirar.
Agotado se derrumbó en la silla frente al café inconcluso. Solo percibía silencio.
De improviso, semejante a un huracán repentino, atravesando la puerta sin cerrar, se coló de forma prepotente la música de un local vecino. Levantó la cabeza mientras intentaba identificar el origen de la interrupción y dejó de revolver. Su cerebro, utilizando la misma artimaña que de costumbre, quiso distraerlo haciéndole revivir el último gol que lo emocionó casi hasta el llanto. Esta vez no lo permitió, dejó que la imagen inoportuna se perdiera ignorada rumbo al baño. Porque destacado por un relámpago misterioso de significado, pudo atisbar sobre las olas un espacio de agua calma, de color esmeralda. Libre de movimiento, ausente de vientos.
La encrucijada se erguía frente a su presente. La incertidumbre se tomaba un respiro, se retiraba cansada. Ahora la salida de su laberinto se hacía visible, tomaba forma, se vestía de colores, la cerradura se visibilizaba y él tenía la llave. Sabía que su salvación estaba en esa porción de mar. Antes que se esfumara debía explorarla y extraer de su profundidad la solución.
Dejó el café frío de tanto revolver, levantó la mano para que lo vieran, hizo la seña apropiada al mozo. Ahora necesitaba uno corto, fuerte, bien caliente. Le hacía falta.
Una sonrisa de satisfacción se adueñó de su rostro.