Capítulo 01
El bergantín se encuentra fondeado cerca de las costas del Golfo de Vizcaya. El tiempo, por lo general borrascoso en esa época del año, permite que la reunión se celebre al aire libre, en la cubierta de proa. El mar se encuentra calmo, expectante.
Las nubes dibujan columnas difusas que emergen desde praderas grises, inquietas, flotando sin rumbo. Confundidas toman formas fantasiosas, avanzan amenazantes desde el horizonte coloreadas por los rayos de sol. Pinceles improlijos trazan franjas de tonos amarillos y dorados reflejadas en olas que comienzan a ponerse nerviosas. Imprevisibles, los nubarrones se abalanzan entre ellos compitiendo por altura, desafiando perspectivas. Son monumentos fugaces que desdeñan formas conocidas, introducen incertidumbre y desorganización en un equilibrio conocido, familiar. Son ejércitos insurgentes que en silencio avasallan apacibles y confiadas comarcas alejadas de cambios.
Las corrientes de aire en la atmósfera y las emociones en el barco se imitan. Los paisajes turbulentos arriba y abajo se reflejan mutuamente. Son dos caras del mismo conflicto, dos representaciones para públicos diferentes. Entrelazados se ignoran.
Dos días antes habían zarpado del puerto de Bermeo antes de lo estipulado, en forma apresurada, con las tareas de reaprovisionamiento sin completar; habían descansado menos de lo acostumbrado; el navío se había alejado del muelle como un prófugo que huye desorientado de sus captores. Habían partido sin dar explicaciones a las autoridades portuarias, respetando los formalismos mínimos e imprescindibles. Tampoco habían tenido en cuenta la tormenta que amenazaba desde el norte, arrastrando torbellinos de aire frío con sabores vascos; en el apuro habían dejado de lado precauciones habituales en estas maniobras.
Las jornadas transcurridas desde el desgraciado suceso han sido dominadas por murmullos e interpretaciones interesadas, a veces malintencionadas. En este amanecer nervioso, el estupor no cede, la sorpresa está instalada sin fisuras. La irrupción de lo inesperado se ha convertido en protagonista. Logra derrotar a la rutina al distraer a los experimentados marineros de sus obligaciones y responsabilidades. Un caldo de cultivo adecuado para que desde lo profundo de cada uno salgan a la superficie odios, rencores, envidias; esas emociones domesticadas por la reiteración infinita de gestos, reprimidas por la subordinación indiscutible a normas que regulan la actividad marina.
En el bergantín todo es confusión y perplejidad. Es una extraña situación en un cosmos cerrado, hermético como el de un barco de guerra; de leyes forjadas en usos y costumbres centenarias; de reglamentos rígidos y que no toleran ambigüedades; de interpretaciones lineales. Porque la distancia delgada y esquiva que separa la vida de la muerte en una emergencia marina o en un accidente, depende del conocimiento de la tripulación sobre la ubicación de aparejos, herramientas y utensilios. Se debe encontrar rápido lo necesario en el momento oportuno. y deben estar en lugares de fácil acceso. No lograrlo a tiempo puede ser fatal. El orden es una necesidad regida por la precaución, la limpieza un requisito de la eficiencia de cada objeto.
Ante la desgracia ajena los lobos huelen la sangre. Pero también surge la misericordia, la lástima y la compasión. Todas se entremezclan en reuniones informales, casuales a lo largo del navío. Cada rincón es apropiado para intercambiar miradas cómplices o desconcertadas. Se incuban conversaciones sordas, pobladas de ademanes y sobreentendidos, económicas de palabras, ricas en expresiones gestuales. Languidecen sin pretensiones entre las maderas del casco y se extravían flotando entre olas insensibles al devenir de esta historia.
Hasta hace unos días todo era rutina, disciplina. Las órdenes que habían llegado desde el comando eran muy precisas: en la primera semana de agosto de 1783, deberían estar en Málaga para unirse a los navíos Rayo, San Fermín y la fragata Colón. En ese momento recibirían las instrucciones para la misión encomendada. Una ruta poco frecuentada para este bergantín acostumbrado al patrullaje en busca de contrabandistas y naves espías en al mar Cantábrico. Antes de emprenderlo deberían reabastecer de alimentos, prepararse para el peligro, adecuarse a una realidad poco conocida.
Y entonces ocurrió. Una disputa sorda, esquiva, disimulada durante mucho tiempo, que explotó en el momento más inesperado: cuando los hombres estaban distendidos en tareas superfluas, amarrados a tierra, lejos de la tensión acostumbrada al estar navegando, donde nada es seguro. El Contramaestre Principal, un marinero experimentado, el más antiguo y con ascendencia sobre los demás, llevó una prostituta al barco. La introdujo a escondidas bajo cubierta, en el guarda-aguas, lugar ideado para impedir que el ingreso del agua que penetra por los escobenes del ancla se extienda bajo cubierta. En ese momento fue sorprendido por el Oficial Mayor. Lo único que trascendió es que el marinero lo había herido de gravedad con el puñal que lo acompañaba siempre. Se convirtió en el primer paciente atendido en el barco por el joven cirujano, ya que ésta era su primera misión en una nave de guerra. Lo hizo con rapidez y eficiencia. Estaba ansioso por tener la oportunidad de desmentir la imagen nefasta que tenían de él en el navío, consecuencia de las actitudes de sus colegas en la marina.
Por esa razón abandonaron el puerto. Con vergüenza, sumidos en un silencio profundo en el que se ahogaban las palabras, el navío rodeado de sombras cómplices se apartó del fondeadero y recorrió los trayectos menos transitados. El objetivo era alejarse del puerto y de sus habitantes, de sus miradas curiosas y oídos chismosos.
Un rato más tarde del amanecer, luego de cumplir las tareas mínimas de mantenimiento, se encuentran congregados en la cubierta de proa. Convocados por el capitán se reúnen los 98 tripulantes. Ha excluido a los grumetes y cocineros.
-Señores, buenas días. Ésta es un acto informal, por lo tanto no quedarán registros de lo que se trate.
Palabras pronunciadas en voz bien alta y con la severidad que corresponde. Su casaca azul ribeteada de dorado resalta en el marrón desgastado de la cubierta. Se ha puesto el mejor uniforme que tiene a bordo, conoce a sus hombres y sabe que debe parecer imponente; los demás deben verlo y percibirlo diferente a ellos. Sin embargo es su sombrero el que lo distingue: de filtro negro, los bordes finamente rematados en amarillo brillante, extendido hacia arriba aumenta visualmente su estatura. Logra, como siempre, el efecto deseado. Todos lo escuchan en silencio. Saben de la gravedad de la situación. Lo han discutido, han sufrido por lo sucedido, han escuchado opiniones de las más diversas, han sido testigos de discusiones que rompían la tranquilidad nocturna, es un peso que arrastran desde que ocurrió.
El capitán da unos pasos al costado, la cabeza erguida, las manos cruzadas a su espalda,. Gira y ocupa de vuelta el centro. Es el punto singular que atrae la atención general. Dirige su mirada al grupo formado por la infantería, ocupan el espacio central, se diferencian de los demás, no se mezclan. Se han transformado en protagonistas y no piensan abandonar esa posición. Sus gestos demuestran seriedad, sus voces silenciadas en el rumor marino exigen justicia. El Oficial Mayor no participa, se quedó en el camarote obedeciendo órdenes del Capitán. Fija su vista en un albatros que planea viajando hacia el horizonte y continúa.
-Es la primera vez que en este navío, se produce un hecho de violencia contra un oficial, al que casi le cuesta la vida. La nave se encuentra en misión de características bélicas, no se trata de patrullaje como hasta ahora y estamos en la etapa de preparación para dirigirnos a la zona de conflicto. El castigo a la falta está claramente especificado en la reglamentación vigente. Le corresponde al culpable la pena de muerte. Se lo ejecutará en la horca. He decidido que se haga al alba anterior a la llegada a la base de operaciones. Como es norma no escrita, el cuerpo permanecerá exhibido hasta después del amarre. Servirá como advertencia a las otras tripulaciones de la armada real. Luego recibirá sepultura en tierra según lo acostumbrado en estas situaciones.
Nadie se mueve, solo el balanceo monótono provocado por las olas. Nadie emite sonido, solo el canto victorioso de las aves al alcanzar su presa. Los ojos de los presentes, incómodos, buscan distraerse en una imperfección del trinquete donde se armará el patíbulo, o en un botón faltante en los uniformes, o en el vuelo de una gaviota buscando comida. Nada es capaz de alejarlos del discurso. El aire se vuelve irrespirable. Hasta estas palabras todos conocen el contenido. Y también el problema que se presentó, al que el Capitán no le encontraba solución: el condenado ejercía en la flota las funciones de verdugo y había adquirido experiencia y demostrado su pericia en las anteriores que debió llevar a cabo. Ahora, en forma Inmediata se debe designar a su reemplazante.
El capitán se encontraba en una encrucijada: la ejecución debe hacerse efectiva en dos días. No puede recurrir a tripulantes de otros navíos de la flota ya que ninguno se encuentra cerca. No tiene alternativa: la debe hacer uno de los integrantes del Atocha.
Todos lo saben. Por eso la expectativa, confían en el Capitán y están convencidos que encontró la solución más apropiada. Aguardan impacientes que la transmita.
En un tono casi de confidencia, mirándolos a todos y a nadie en particular prosigue su discurso..
-Como saben, buscando quien lo suplante, he realizado entrevistas a todos ustedes. De los dos que aceptaron la tarea, luego de analizarlo detenidamente, decidí no nombrarlos; había razones suficientes para no considerarlos apropiados en este momento. Esto no afecta la opinión que tengo sobre ellos.
Miradas inquietas se cruzan entre los tripulantes. Resalta en el silencio una risa mal contenida, delatando los nervios de los presentes. Los cuerpos tensos aguardan para escuchar la continuación.
-Por lo tanto, y debido a la imperiosa necesidad de cumplir con mis obligaciones, he decidido nombrar a un miembro de la tripulación y éste no podrá rechazar el nombramiento. No se admite ningún tipo de observación por parte de ustedes.
La expectativa crece, se cruzan miradas curiosas, todos se interrogan sobre quién recaerá y a la vez temen ser el elegido. Nadie, por distintas razones, quiere convertirse en ejecutor del contramaestre. La historia es demasiado reciente, de una manera u otra todos se vieron sacudidos por los hechos y saben que las consecuencias de la agresión son imprevisibles. Está en juego el equilibrio de convivencia a bordo. Los de mayor experiencia temen un enfrentamiento entre los marineros y la tropa de infantería. Los más jóvenes se excitan al enfrentarse a una situación desconocida.
Fija la vista en la persona elegida. Ubicado más alto que todos domina la situación. No demuestra emoción alguna, pero si determinación. Sus palabras resuenan a sentencia inapelable y se pierden entre la sorpresa de las olas.
-He decidido que por esta vez el encargado de la ejecución sea el cirujano.
El estupor se abate sin contemplaciones sobre los hombres. Los sorprende sin excepción. Se refleja en el silencio sin fisura que envuelve la cubierta. Nadie lo esperaba. El tiempo fluye sin obstáculos. Consciente del efecto logrado, el Capitán mira hacia el trinquete dónde se armará la horca. Es imposible penetrar en sus pensamientos. Su rostro encarcela las emociones que son un torbellino royendo su interior. Baja con lentitud, sus pasos se encaminan a la ubicación del designado. Los que se encontraban a su alrededor lo han dejado solo. Apartados de él, los ojos de todos lo señalan; ha quedado en el medio de un círculo acusador. No hay movimientos, solo ruidos producidos por el mar que, ignorantes de la gravedad de la reunión, se arrojan sobre el navío provocando ecos ahogados a los que nadie presta atención. Se abre un sendero de bordes humanos que conducen al escogido. Quedan los dos ubicados frente a frente, aislados del resto. El Capitán le dedica una mirada impersonal y no le dirige una sola palabra.
En el Cirujano hay asombro, desconcierto, estupefacción. La mente es un caos, ausente de pensamientos organizados. No reacciona. En sus ojos, fijos en el Capitán, se refleja la impotencia, la rebeldía arrastrada por sus sueños, por sus quimeras. Amenaza con estallar y lastimar con esquirlas de venganza a los que lo rodean. No puede. La figura del Capitán se impone, parado frente a él ahoga los gritos que sus tripas reclaman. No tiene salida. Se encuentra encerrado en un calabozo de paredes de reglamentos. El espanto se apodera de él y transforma su piel en blanco pálido, opaco, sin brillo. No puede pronunciar palabras que reflejen su estado, se ahogan en la angustia antes de brotar. Sabe que el silencio es su única defensa, cualquier cosa que diga será improcedente. Siente que le han dado un martillazo a sus ideales, que una mano misteriosa y malévola los desparrama como ruinas de un palacio de mármol. Cree escuchar una risa burlona traída por la espuma del oleaje. Solo le queda escuchar el resto del discurso del Capitán y huir. Buscar refugio en la oscuridad del olvido.
-Queda designado para realizar la ejecución. Ya me encargaré de los pasos formales que estipula el reglamento.
Se da media vuelta y retorna a su posición dominante. A medida que sus pasos lo conducen a través de sus hombres, trata de leer en los rostros la reacción ante la noticia. Cree detectar en algunos sorpresa por la designación, en otros ve indiferencia al no estar involucrados, en la mayoría percibe alivio al no ser responsable de la ejecución, en unos pocos advierte desilusión. Él está convencido de haber encontrado la mejor solución. Una oleada de satisfacción lo recorre.
Con una leve sonrisa distorsionada por la tensión da por finalizada la reunión. Se dirige a su camarote concentrado en las posibles consecuencias de su acción. Los participantes se retiran, tienen tareas pendientes que por el momento serán relegadas; unos pocos lo hacen en soledad, casi todos en grupos de a dos o tres comentan en voz baja lo sucedido. Solo los infantes quedan sin dispersarse, disciplinados esperan una señal de sus superiores. A los pocos minutos reciben la orden y sin comentarios se dirigen a cumplir con sus obligaciones diarias. Los oficiales se encaminan al camarote del herido, deben transmitirle todo lo sucedido en la reunión. En ese cónclave definirán los pasos a seguir.
Un ambiente ficticio de normalidad se va instalando a bordo.