06/12/2012 Clima Encajonado

Quieta. Inmóvil. La Ciudad se asemeja a una enorme caja de cartón que atesora sorpresas en su interior. Aguarda ser abierta sorpresivamente y liberar su contenido. Se encuentra herméticamente cerrada para impedir que ojos curiosos  desenmascaren y den a conocer el obsequio misterioso antes de tiempo. Un envoltorio sin fisuras ni filtraciones. El aire permanece encerrado, encajonado. Sin posibilidades de movimiento, sin grietas que modifiquen su situación. 

Hoy la circulación de vehículos  se trasladó al cielo. Las nubes se mimetizan de autos y se burlan  de la inexistencia de brisas frescas o cálidas sobre la superficie. Solo de colores grises y blancos —cómo los míticos Ford T son acromáticos—   se dedican a corretear arrastradas por vientos juguetones. Se deslizan las más bajas provocando cosquillas a las más altas. Como éstas últimas hacen de filtro a los rayos solares, las nubes inferiores son más oscuras. No porque almacenen más agua, solo es por la escasa luz que reciben.

Bien al este, donde se produce un claro, cómo un túnel sin fin que comunica con las estrellas más lejanas,, se resaltan bordes naranjas que en pocos puntos se convierten en amarillos. Son colores intensos que se distinguen de la opacidad que reina en el ambiente. Para la mayoría de los testigos del amanecer, son fenómenos lumínicos de refracción —obvio que son integrales de las manadas diurnas, aburridos y escasos de imaginación—. Por el contrario para los iniciados provenientes de los abismos nocturnos esos rayos de orien incomprobable son las huellas residuales de la labor de los enanos bajo el caldero meteorológico. Desde hace semanas recuperaron el alimento necesario para generar el fuego demoledor. Y hoy lo están usando a pleno. Luego de intensos plenarios de creatividad trazaron un plan que les pareció magnífico.

Dieron más fuerza al sol para lograr nubes espesas que no descarguen agua. Consiguieron abundante humedad para poblar el aire. Y el calor en vez de lanzarlo como siempre en bocanadas calientes —que barren con lo que encuentran a su paso—  lo fueron inyectando por mangueras transparentes a nivel del suelo. Lo hicieron imperceptiblemente para que nadie diera la voz de alarma. Y tuvieron éxito. Lograron un efecto similar al de una olla de presión. El aire levantó temperatura, y buscó evadirse hacia las alturas como es su costumbre.  Pero las nubes sobrecargadas frenaron su huida, lograron que fracasara la fuga. Las partículas se comprimieron contra el techo implacable incrementando aún más el calor.

La trampa había funcionado.

Se cerró en una sincronización maravillosa. Seguro que los dioses alborozados se divierten con la sorpresa y van a felicitar a los enanos tan creativos en esta oportunidad. La atmósfera transpira agobiada por el clima hostil que la agrede. Sus gotas flotan en el aire, suspendidas en  un equilibrio inestable humedecen todo lo que rozan. Contagian malhumor, exhiben hosquedad.

Sumergida en este panorama la Ciudad trata de adecuar su conducta cotidiana. Desacostumbrada a estar mojada sin poder secarse, hurga en sus recuerdos buscando alivios exitosos usados para una emergencia pasada de similares características. La Ciudad buscó aliados y conferenció con los vientos gordos de las alturas, pero estos exhaustos por su trabajo encargado por los enanos se excusaron. Las nubes seguirán impidiendo que el aire fluya escabulléndose hacia otras comarcas donde minimicen su daño. Conversó con los vientos delgados de la superficie. Pero estos le explicaron que la tapa de la caja virtual armada, estaba tan bien hecha que sus resoplidos no lograban mover el aire.

Desesperanzada la Ciudad llamó a sus asesores chamanes. Con cara compungida que traslucía impotencia  se sentaron a horcajadas de troncos desvencijados tostados por el aire caí cocinero. Ojos tristes reflejando cansancio. Los magos fueron tomados por sorpresa. Se encontraban distraídos investigando conjuros que permitieran convocar a un tipo extraño de dragón chino. Descubrieron por casualidad que se encuentra en sueño eterno descansando bajo el cauce del río Suquía. Y la tarea de investigación y estudio que los esclavizaba impidió que se hicieran responsables de las tareas. La estrategia adoptada por los enanos los desconcertó. Y ahora es tarde.

Y ante este estado de situación la decisión de la Ciudad fue reposar. No oponerse. No tomar actitudes de resultado imprevisible. Dejar que el orden natural se restituya. Que el ciclo se complete. Boletines instantáneos recorrieron calles, callejuelas, avenidas y paseos. Vibrando armónicamente transmitieron la necesidad de aguantar, de conservar energía. Dedicarse a tareas lentas y que no requieran esfuerzos adicionales. Recomendó desempolvar los llamadores de ángeles que son sensibles a las más suaves de las brisas. Llevarlos colgando de la cintura. Y en el momento que clamen de alegría por su hallazgo, detenerse y disfrutar del alivio pasajero.

Ya, cerca del amanecer, los pájaros o e arón sus actividades matutinas. Hurgaron en copas verde buscando un lugar fresco. Y se colgaron de ramas decididos a pasar el día con un mínimo de movimiento. Y las corrientes internas de la Ciudad se acoplaron a la decisión. La Cañada con aguas casi inmóviles. El Suquía, liberada la exclusa del dique, arrastra en una sola ola continua, de lado a lado de su cauce el agua amarronada.