Hoy el amanecer es continuidad. Es estar en la cama después de un dormir agitado, cubierto por sábanas desprolijas y arrugadas. Los ojos, todavía sumergidos en la oscuridad van reaccionando con la claridad creciente que se adivina a través de la tela. Las sábanas apoyadas en las rodillas flexionadas simulan una carpa descuidada en el medio de la planicie. Y ese ambiente —sosegado, opaco, rayando en la penumbra— se extiende en la habitación, lo inunda. Los movimientos característicos de despabilarse se vuelven pausados, automáticos pero pensados, reflexionados. Se reflejan en el espejo de pie, colgado en la puerta del placard,donde se entremezclan con réplicas chatas de nubes desorientadas. Se prepara para el día acompasadamente, en un equilibrio que se desliza hacia el mediodía.
Y los madrugadores descubren el amanecer que desborda la ciudad. Un amanecer puntual se prolonga desde los confines y avasalla cada casa, cada departamento, cada espacio desocupado. Las nubes son las sábanas. Orgullosas, casi obscenamente, hacen ostentación de toda su belleza contenida. Los pliegues se repiten sin copiarse de un horizonte al otro. Todas las tonalidades, todas las intensidades, toda la gama que se pueda imaginar del negro al blanco. Pinceladas profundamente analizadas se superponen en capas estudiadas, estilizadas desde la perspectiva de múltiples puntos de fuga diseminados en la bóveda.
Un gris virando a un azul opaco sirve de fondo a los edificios lejanos resaltando su blanco de revoque o su marrón brillante de ladrillos expuestos. Hacia el sur, bien bajo, un ojo de forma oriental se alarga en las puntas para darle paso a un amarillo casi crema. Del suelo se elevan opacas franjas, viran a grises bañados de blanco ensuciado. Zanjas horizontales de distinta tonalidad se suceden tratando de alcanzar el punto más alto del círculo que corona la cúpula. Se transforman en muescas redondeadas, con el medio empujado hacia arriba. Hendiduras apenas dibujadas arman una trama imprevisible.
Ese es el ambiente del despertar de hoy. La ciudad ha contagiado su sentir. Cada persona que se levanta no nota la diferencia entre sus sábanas y el cielo plomizo que lo acoge al salir a caminar. Y en ese desperezar todo se atrasa. Los que abandonan el día para resguardarse hasta la próxima noche, se detienen a observar el escenario del que son parte. Dejan de caminar al llegar a un semáforo sin importar la luz que lo distingue. Titubean para dejar la acera y hundirse en la calle. Permiten que la suave brisa gris y húmeda los rodea con mimos mañaneros. Dejan que sus ojos atrapen los movimientos pausados de la ciudad. Buscan algún color que les indique el comienzo de otra jornada.
Y los que anuncian la mañana atravesando hacía el exterior puertas protectoras, recorren su camino diario a paso de meditación. Sin reparar en sonidos apagados que sin eco se deslizan por sendas cotidianas. Sin darse cuenta que todo es gris, y que es una sucesión infinita de repeticiones. Sus pasos toman el mismo ritmo de los que reemplazan. Se cruzan ignorándose como siempre, esquivándose, evitando el más mínimo contacto. Las veredas son baldeadas pausadamente siguiendo los acordes de música barroca, que se cuela desde la frondosa copa de tipas y jacandaras. Hoy, demorados como todo, los baldes arrojan agua que se deslizan hacia el pavimento limpiando su superficie, pero sin darle color. Los pasajeros del amanecer deben esquivar salpicaduras y gotas rebeldes que buscan volar.
Las calles son cavernas alargadas sin principio ni fin que se extienden como un elástico ansioso de estirarse. Son recorridas por extraños seres que semejantes a hormigas laboriosas dibujan trazos por el medio. Se les distinguen dos ojos traseros rojos que le señalan al que lo sucede la ruta a seguir. Y como autómatas programados se transforman en trenes desprolijos. Expedición sin principio ni fin, sin destino, sin explicación. Solo ir sin preguntar, continuando la hilera que se desplaza bamboleante.
Y las aves mutaron su canto de agudos estridentes y cortos por sonidos alargados y graves, que se escabullen entre fisuras de las veredas y nodos de troncos circulares, que los amplifican y distorsionan. Le ponen música a la circulación de la ciudad. Tienden un manto suavemente vibrante sobre cada objeto, se mueva o no. Fabrican conos de silencio a tramos irregulares para permitir el flujo de pensamientos emergentes.
La ciudad aguarda con fastidio que el día se deslice hacia el mediodía interrumpiendo su calma obsequiada por los dioses.