29/11/2012 Ciudad reponiéndose

El sol encandila, pero no lastima. Sus rayos atraviesan ventanas abiertas que dejan pasar bocanadas de aire renovado. Una brisa tenue recorre la ciudad. Se detiene en edificios, esquivándolos con suaves curvas, amplias de radio, sin pendientes abruptas. Sobrevuela túneles verdes de árboles que exponen sus mejores galas  celebrando el agua recibida y que pacientemente almacenaron en sus depósitos. Hoy se debe  camina sin pies descalzos por pavimentos que se obstinan en mantenerse mojados. Vestidos —cómo es de costumbre—  de gris oscuro, pero no tanto, resuelven mantener su humedad. Las veredas quedan adornadas por charcos sin profundidad que aguardan ser vaciados por pisadas desprevenidas de transeúntes distraídos.

La ciudad respira. Las heridas fueron restañadas durante la noche. El agua que se hizo dueña de toda la superficie se fue deslizando hacia las profundidades sedientas. Se completaron los reservorios, “abundancia líquida” es el rótulo para hoy. Las lastimaduras de días anteriores fueron lavadas y desinfectadas con esmero. Arrastradas las impurezas hacía llanuras purificadas, las calles lucen asépticas.

Hoy son todos pasajeros, turistas de visita recorriendo una ciudad inédita. Una ciudad que se despereza luego de un descanso profundo. De un reposo relajado, prolongado. Respirando profundamente después de un día en que sus calles, veredas, avenidas, parques fueron masajeados con delicadeza por corrientes de agua, en algunos casos ablandada la superficie por chorros arrojados sin contemplaciones por nubes rencorosas. En algunos lugares fueron salpicados por granizo sólido desprendido de cubos grises amenazantes.

Los autos se desplazan evitando el rechinar de los neumáticos. Rozan el suelo a través de una fina capa de humedad que se irá desintegrando a medida que el caudal vehicular aumente. El predominio sonoro es de los pájaros que entonan alegres canciones de asombro y alegría por la exuberancia de comida que encuentran, por la cantidad inusitada de elementos para construir, reconstruir sus nidos dañados por el viento.

La Cañada ha recolectado el agua que el suelo no pudo absorber. Su fondo cementado se limpió con el flujo líquido que arrastraba todos los obstáculos. Pequeños elementos se transformaban en navíos de rumbos apresurados y destinos inciertos. Sin pasajeros ni capitán navegaban a la deriva enmascarados con temor e incertidumbre. Marcha silenciosa y lenta, erosionando paredes y estableciendo la marca de la altura alcanzada en las paredes que encajonan el cauce.

Solo en pequeños reductos sobreviven los habitantes nocturnos. Los diurnos con caminar cauteloso se maravillan del reflejo suavizado de los rayos del sol en las construcciones. Se ven ornamentadas por la sombra movible de los árboles, que alineados señalan calles y avenidas. Sombreados enigmáticos que distorsionan contornos de figuras reales. Dibujos efímeros sin color que alteran la uniformidad de las paredes coloreadas. 

Y a lo lejos, nubes arrogantes, perdidas en las alturas se aprestan a desafiar a un sol indefenso. Hastiado de su recorrido se ha vuelto introspectivo. Parado en su trayectoria se interroga sobre su existencia perenne y la utilidad de su rutina. Dirige sus rayos hacia su interior reparando daños morales y sicológicos, se entretiene descubriendo su interior una vez más. Se deja robar energía por vientos cósmicos. Se abandona al sopor de un día de descanso voluntario. Permite que le ganen una batalla. Hoy no dará pelea.

Dejará que sus rayos sean débiles al llegar al suelo. Les prodigará descanso a la ciudad maltratada en los días anteriores. Regalará una tregua que le imploraron, un armisticio circunstancial, una suspensión momentánea del calor agobiante.

Y la ciudad renace redoblando esfuerzos. Hoy no levanta defensas, las abandona, se olvida de su debilidad. Descubre nuevas actividades, acelera de a poco su ritmo. Eleva el nivel de los sonidos, permite que músicas de todo tipo hagan rebotar sus ecos en todos los pasadizos, saca prismas que separen la luz, le abre sus túneles a arco iris de formas inverosímiles, cuelga antorchas de sombra bajo cada árbol, pinta sombras en la parte inferior de los puentes, llena todos los espacios libres de flores exultantes.

Hoy es una ciudad a recorrer, a disfrutar, a descubrir. Es una ciudad renovada que mantiene su ser, su existencia tan duramente amalgamada por sus habitantes a través de su historia.