28/11/2012 Paliativos para calor

“Sosiego”. “Calma”. “Tranquilidad”. Es el mensaje que la ciudad esparce a través de las hojas de los árboles. Que recorre calles y avenidas. Que susurra a horcadas de cordones cercando manzanas cuadradas. Que se traduce en movimientos lentos, pausados. Que las aves propagan con cantos apagados mientras buscan su comida en ramas cubiertas de verde.

La ciudad sabe que el calor atacará con furia. Que se descolgará desde un sol rebosante de potencia, encendido desde muy temprano, fogoneado por enanos presurosos y celosos de sus responsabilidades. Con rayos proyectando sombras alargadas de edificios que pronto recibirán descargas ardientes y serán bañados por corrientes de aire abrasadoras. Quedarán expuestos sin defensa en la soledad urbana.

Y los habitantes nocturnos que van en busca de su descanso, airean sus cubículos, refrescan sus habitaciones, protegen ventanas de vidrio de la claridad y de vientos calurosos, por previsión colocan vasos de líquido refrescante cerca, para tenerlos a mano. Ya han dejado las calles candidatas a ser las primeras víctimas. Mientras se dedicaban a sus tareas, a sus pasatiempos escucharon a los trovadores errantes descargar versos ofrendados al calor insoportable de jornadas pasadas. Prestaron atención a susurros que flotan en la cañada y se pierden en el silencio. Interceptaron conversaciones secretas entre mensajeros de augures y hechiceros.

Y con una sonrisa socarrona, pintado en el rostro señales de complicidad traviesa, dejan el lugar a sus reemplazantes adormilados por sueños desparejos. Estos se asoman curiosos a ventanas esperanzadas de brisas frescas. Sorprendidos en su despertar apacible conjuran recuerdos de mañanas tórridas buscando defensas. Anhelantes se trepan a atalayas suspendidas en el aire atisbando en el horizonte la aparición de nubes reparadoras. De su guardarropa extraen prendas con telas suaves y colores claros. Recuperan gorros, boinas, capuchas que crearán ilusión de sombra y resguardo.

Un batallón de voluntarios protectores se lanzó a la tarea de humedecer senderos ciudadanos, de colocar agua glacial en fuentes ornamentales escondidas en recovecos de esquinas y recorridos sinuosos. Paliativos previsores en un día que amenaza ser tórrido desde el inicio. 

Mientras tanto los pájaros apresuran su rutina. Saben que tienen una ventana corta de tiempo para encontrar su alimento. Que los bichos deseados ya se escapan buscando orificios en la superficie que los conduzcan a profundidades frescas. Pían contándose lugares apropiados para encontrar comida fresca. La experiencia les dicta que pronto el calor dificultará el vuelo rasante y logrará que el aire caliente los aplaste.

Los autos se encolumnan organizadamente en procesiones cortas y coloridas. En silencio absorben la estela que abandona el coche que lo antecede. Buscan abrir nuevas sendas en caminos conocidos. Atraviesan calles que destilan moderación. 

Los túneles verdes de techos arqueados, formados por ramas que se empecinan en alcanzar el hilo de agua que recorre la cañada, se transforman en el paseo obligado de los pocos transeúntes que trajinan calles iluminadas por un sol madrugador e implacable.

Y dioses piadosos que descansan de su velada despreocupada abren ventanas celestiales. Y a través de ellas se cuelan nubes furtivas, penachos de algodón colgadas del cielo que oscilan entre banquinas de rutas aéreas. Y juegan a las escondidas. Protegen tenuemente a edificios indefensos, tienden mantos de ocultamiento sobre barrios desdibujados. Prometen resguardos pasajeros ocultando al sol por pequeños instantes reparadores.

Todo está previsto, nada solucionado, la ciudad no tiene defensas, tiene paliativos.