27/12/2012 Balance

La rutina se construye imperceptiblemente por actos mínimos, que a fuerza de ser repetitivos se transforman en indispensables. Es el cable a tierra que tiene el cerebro para organizarse diariamente. Es la contención mínima que necesita para no extraviarse. Las neuronas se activan y precisan recorrer cordones neuronales ya transitados. Como veloces autos automáticos de carreras que se lanzan con audacia por la misma pista una y otra vez. Y en cada giro van limando microsegundos, perfeccionando ángulos de viraje, aceleraciones al límite. Y la mente es la gran organizadora de esas ideas que iluminan senderos conocidos. La economía de recursos se maximiza, el ahorro de energía se potencia.

Y el despertar es el hábito fundacional de cada jornada. Pequeños gestos para el anclaje del cerebro después de sueños desbocados e incontrolables. Luego de una parafernalia de colores sombríos que rebotaron contra neuronas desprevenidas, de grises eufóricos que entrelazaron axones en combinaciones inéditas, adentrándose en selvas inexploradas, liberando cataratas de combinaciones de colores desconocidas. Se necesita restablecer la unidad con el exterior, sintonizar el paradigma individual para que funciones de filtro e interprete. Que seleccione las encrucijadas apropiadas y los vínculos entre ellas. 

Y la ciudad lo sabe. Ha analizado millones de casos durante su existencia. Pero además es consciente de que es una de las pocas épocas que sus habitantes pueden tomar conciencia de ellos mismos, de amigarse con su “yo”. De revisar conductas, regocijarse con los aciertos y detenerse sobre los errores. Ella no entiende porque lo necesitan,  pero después de tantos años se acostumbró a respetarlo y aprendió a precipitarlo en estos días singulares signados por la alegría, las celebraciones y los festejos ininterrumpidos. A ser un catalizador pasivo, oculto.

Entonces comenzó su propia rutina heredada de ciudades más antiguas que ellas. Se han transmitido entre ellas su sabiduría ladrillo a ladrillo, calle a calle. Han adaptado éxitos y desechado fracasos, han mantenido su memoria activa seleccionando recuerdos. Y entre ellos rescata invariablemente la costumbre de realizar bromas suaves, inofensivas pero que movilizan interiores. Llegando a corazones y razones. Se viste de bufón y durante dos días será su objetivo.

Recurre a la ayuda de sus compañeros más cercanos y antiguos. Algunas veces compinches otras veces rivales que se tienden trampas, que se hacen zancadillas. Y un viento fresco, casi frio, brisa húmeda propia de ciudad marítima, sorprende a los recién despertados acariciándoles el rostro. Y esconde cepillos de dientes tras potes de cremas desubicadas, hace fallar mecanismos de cremas de afeitar provocando ausencia de espuma, cambia sonido de despertadores para que no reconozcan su alarma, confunde a pájaros opacando colores y demorando su canto, deja caer gotas desde nubes esqueléticas que apenas trazan pendientes imaginarias, dibujan obstáculos sobre aceras que se diluyen en el vacio al arribar los pasos repetitivos.

Todo está preparado. El escenario, el público, los acomodadores, tramoyistas, escenógrafos que pacientemente imaginaron los mismos paisajes que recrearon en épocas anteriores. El cerebro reacciona con sorpresa. No reconoce los signos habituales, o mejor dicho los percibe con diferencias mínimas. Pequeños detalles que lo obligan a detenerse. A investigar y tomar sendas no frecuentadas, a estar atento y no dejarse llevar por pilotos automáticos confiables. De a poco selecciona rumbos desconocidos pero que le son familiares. Se vuelve hosco, desconfiado. Ingresa a pendientes que lo llenan de vértigo, a desfiladeros estrechos con amenaza de piedras sueltas que se caen intepestivamente, de valles sombríos poblados de escondites inimaginables.

Cada cerebro que se interna en la selva aparentemente desconocida prende la alarma, recurre a los faros de emergencia, busca el manual de supervivencia, recurre a los arcones de memoria y clasifica como puede recuerdos desempolvados y descuidados. Y se da cuenta sin reconocerlo porque es parte indispensable del proceso que se está iniciando. El desenlace es un precipicio emocional sazonado de evocaciones escondidas bajo mantos piadosos. Y él será el encargado de procesarlos, de tamizarlos, de mezclarlos, de obtener nuevas ideas, o viejas con otra ropa, con diferente disfraz. Será el responsable de alimentar selectivamente los platillos de la balanza. De trazar líneas y sumar en el debe o en el haber. De lograr un resultado medible para el balance final.

Y se asusta. Se paraliza. Busca la puerta para escaparse, pero sabe que es imposible. Llegará la alegría o la desazón. La incertidumbre bañara las selva exuberantes de ideas y pensamientos, de conexiones conocidas y otras totalmente extrañas. Se asomará a abismos profundos y navegará por océanos protectores de aguas mansas y olas prolongadas.  La rutina anual reemplaza a la rutina diaria. La ciudad está empujando a sus habitantes a la reflexión, a sus análisis responsables.

Caminantes que se entretienen sacando cuentas, revisando bitácoras, agrupando vehículos de trajinar silencioso permitiendo vigilias insospechadas, visitando cielos recubiertos por debajo por nubes de melancolía y caminar pastoril, sorprendidos por sonidos de amanecer acallados por músicas interiores de cada mente que vibra por avenidas abandonadas y restos de edificios antiguos. Es una ciudad poblada por fantasmas imaginados por moradores sorprendidos, que desde copas de árboles o kioscos, flotando sobre veredas descuidadas, se abalanza por sorpresa revestidos con sábanas arrugadas.

Sorpresa, reflexión, balance. Para que todo sea mejor luego del balance. Para que se renueve la ilusión colectiva de que el cambio es posible. Que la esperanza se fortalezca desde las profundidades de la razón. Para reemplazar rutinas ya transitadas y agotadas por otras renovadas e infrecuentes. Por recomenzar un ciclo anual con la promesa de ser diferente. Y la mente que en su interior sabe y reconoce que muy pronto generará actos repetitivos que serán costumbres establecidas durante el lapso de tiempo que se inaugura. Que logrará que la zozobra actual se convierta en seguridad, que del caos pase al cosmos. Que el filtro separe conveniente los pensamientos dedicados a lo cotidiano de aquellos relegados a ser alimentos de sueños, pesadillas, de utopías, de quimeras, de alucinaciones.

Y la ciudad se toma un respiro. Ella también necesita un proceso similar. Ella también precisa de leyendas, de símbolos renovados, de imaginarios colectivos. Es época de renovación, es tiempo de replanteos, de recuperar lo perdido, de obtención de nuevos escenarios, de construcción de mejores ideales.