Las nubes rotan de colores, mutan de forma, se desplazan sin movimientos sincronizados. Son partícipes de una danza de coreografía inédita, de esas que separan a los entendidos en defensores y detractores, de esas que despiertan emociones traducidas en silbidos y abucheos por un lado y aplausos y gritos de entusiasmo por otro, de esas que fanatizan sin posibilidad de arrepentirse. Con un fondo de columnas de capitel cuasi jónico, sosteniendo vigas suspendidas por vientos invisibles, una T cuyos bordes se elevan hasta la bóveda. Y una cantidad imposible de adivinar, de pintura bermellón arrojada desde la parte superior del escenario. Que se detiene y se pone densa. Los reflectores oblicuos trazan sombras grises en los pliegues irregulares.
El color se extiende, abandona su forma original y desprende partes de mampostería siguiendo torrentes caprichosos de brisas templadas, Y ya no es una “T” orgullosa, sino el reflejo oropelado de una montaña invertida. Con su cumbre perforando el suelo movedizo y su base cosquilleando al cielo ya celeste. Y se va derrumbando al no poder aguijonear la superficie. Se va ensombreciendo al no poder descender a conocer las profundidades esbozadas por dibujos misteriosos, Ya es amarilla delatando su frustración, Ya es una pila de nubes acumuladas una sobre otra desgajada en cientos de retazos cremita,
Y minutos antes del amanecer irrumpe la polvareda grisácea que se eleva de la pradera seca, provocada por el pisotear nerviosos de aquellos que migran buscando la paz negada. Moteada de naranjas opacas, reflejos de utensilios amenazantes que se niegan a abandonar y blanden como armas violentas y como estandartes de peleas a sostener. Ejército de esperanzas y sueños truncos. Milicias que se desperezan los días lunes y se recuestan a descansar mientras se suceden los días. Movimiento cíclico de periodo semanal, con vértice angulado al agotarse el domingo y base equilátera al arribar el siguiente fin de semana.
Y el sol que hiere los ojos, sin ser interrumpido por edificios incólumes ni árboles dibujados colgados de nubes. Con la velocidad la luz borra todos los colores de un golpe. Y no por esperado deja de producir sorpresa. Todos los días la busca, quiere, y lo logra, ser protagonista único de este momento. Se agazapa, se prepara, ensaya minuciosamente la cabriola que inaugura el día, que anuncia el triunfo planificado sobre la noche.
Un lunes más que se transforma de amenaza en realidad. Que nace con sus prejuicios, con su designio, que hereda sus estereotipos; que se disfraza de lo que se espera de él. Pero también trae bajo el brazo, no su pan sin hornear, sino su propia caja de Pandora. Construida para él durante toda la semana pasada. Pensada por duendes traviesos, tallada sus paredes por enanos orfebres que crean metáforas de su contenido con símbolos solo para iniciados; completadas ordenadamente por hadas sumamente prolijas; cerradas herméticamente por elfos artesanos. Lista para ser abierta por la mano bañada en sortilegios impronunciables. Su interior se esparcirá buscando intérpretes que ejecuten su melodía. Generarán sorpresas, bromas, roturas de rutinas, grietas en lo esperado, salpicaduras de improvisto. Listo para ser disfrutado, un lunes no debe ser repetición aburrida, recomienzo monótono.