La ciudad adormece. Transfiere y contagia su estado de ánimo. Las manifestaciones son variadas y es imposible confeccionar una lista exhaustiva y completa con la que estemos conformes.
La tregua climática relegó al impiadoso castigo de los rayos solares inclementes y el rebrote en el suelo que provocó oleadas de calor sofocantes y asfixiantes. Por suerte hay un avistaje del arribo de un fin de semana largo hecho a medida de cada uno. El menú es inconmensurable: descanso, deportes, espectáculos, asados, reuniones, paseos. El abanico se expande desde el viernes al crepúsculo al martes a la madrugada. Una amplia cancha para llenarla por los afortunados beneficiarios del feriado con el juego que más le guste.
Un comienzo para melancólicos disfrazado de garúa gris monocorde.Una sinfonía que se repite hasta ecos infinitos. Extraña geografía en esta ciudad que no sabe de nostalgias portuarias, que desconoce el placer de perderse en la inmensidad de la nada bebiendo un café de recuerdos y sueños frustrados. Que apenas conoce la existencia de gotas que no se deciden a precipitar, que se mantienen flotando a la deriva suspendidas en telas invisibles. De gotas que aguardan que el peatón desprevenido se la lleve por delante y se deslice sobre la piel. De agujas finitas que se introducen en brazos, rostros, manos provocando estremecimientos fríos.
Y la ciudad contamina difundiendo su estado emocional. Y a la hora que arranca el bullicio, que los vehículos aceleran su velocidad, que los colores invaden calles y veredas, que las motos irrumpen con gritos histéricos, todo es diferente, nada es igual. La ciudad acudió a las nubes para tomarlas cómo aliadas; la respuesta no se hizo esperar, éstas decidieron colaborar enviando emisarios grises que presurosos y ansiosos abandonaron gotitas imperceptibles de lluvia fallida. Las dejaron ahí, al alcance de todos. Solicitó más tarde a los señores de la modorra y los sueños del amanecer que prolongaran su influencia, que no bajaran los brazos, que arremetieran con todo su esfuerzo.
Los resultados no se demoran, las luces se mantienen en vigilia esparciendo luz amarillenta por calles desiertas, las motos se trasladan respetando sendas con sus motores en silencio, los autos se desplazan en cortas hileras de botones coloridos unidos por hilos invisibles acallando toda protesta, las personas se deslizan por húmedas aceras apoyando los pies en su totalidad, recibiendo a través de ellos la energía acumulada en metales enterrados.
Hoy no hay cantos de aves. Homogéneo es la consigna. El cielo, el suelo, los sonidos, los colores, las velocidades, los ríos, los edificios, las luces. Nada resalta. Nadie se anima a ser distinto, a distinguirse. Todos esperan, pero nadie sabe que aguardan. Están expectantes, atentos a las señales imperceptibles que les lleguen. Alertas a cambios que se produzcan en la monotonía placentera del despertar prolongado. Todos flotan despreocupadamente. Todos perseveran con los sentidos abiertos sin barreras. Todos recepcionan reflexivamente el hálito manso de la vida. En estos momentos es todo contingente, nada permanente.
Caminatas con destino prefijado pero sin rumbo predeterminado. Sendas que se burlan de límites establecidos. Que saltan los bordes de los caminos conocidos y se enfrentan a la curiosidad de lo no planeado. Huellas que quedan estampadas en registros que nunca serán recuperados. Marcas de senderos originales que se perderán en recuerdos de mañanas irrecuperables.
Hoy los bares son de mesas lisas sin manteles. Interrumpidas por tazas de café cargado sin humo que delate su humor. Diarios que son recorridos por la vista pero no leídos. Letras, palabras que no son asimiladas, no son interpretadas. Canales de televisión que esparcen noticias antiguas que no son escuchadas, Cucharitas sumergidas en cafés que giran sin fin enfriando y enfriando. Pies que buscan la protección bajo la mesa pateando inadvertidamente a sillas solitarias. Desayunos que pierden su oportunidad, que se deshacen en silencios respetuosos.
Espectadores estáticos que renuevan su desinterés por el tiempo que transcurre y que se desliza frente a sus sentidos. Espectadores que se deleitan y disfrutan de todo lo que ocurre a su alrededor e ignoran sus manifestaciones ruidosas, esquivan colores chillones y desdeñan los atributos que interrumpan la uniformidad.
La melancolía es hoy la reina del amanecer. De una ciudad que no sabe disfrutarla, que no la ha adoptado como conducta. Diferente de aquellas ciudades con puertos en sus orillas. Que saben de partidas sin aviso de retornos, de viajes con incertidumbre, de desconocer si cada despedida es la última oportunidad de compartir un momento, de pacientes aguantes de noticias entre tormentas sin fin, de permanecer soñando con rutas inexploradas que escondan tesoros fabulosos. Y de poetas. Remanentes de la noche que destapan historias sin contar escondidas bajo piedras milenarias.