23/04/2013 Amanece tedioso

El rosa intenso reflejado por las nubes le dio etiqueta de pintura impresionista a la madrugada que se retira. Las estrellas fueron corridas y borradas por el pincel alucinado del artista de guardia. De su paleta escaparon tonalidades imprevistas. Formas que se diluyen, contornos que se extienden. Se divisa la cabeza de un dragón furioso gritando por su falta de aliento ígneo. Su cuerpo de serpiente se extiende horizontalmente, de escamas rasgadas por el viento y de alas plegadas junto al cuerpo. Mientas los colores se van acercando al crema, el dragón chino se va transformando en una galeón español vacío de doblones, al cual le sacaron los cañones para fortificar alguna ciudad.
La polvareda bermellón que se montaba sobre el horizonte se va disipando. Era levantada por los habitantes temerosos de la noche que huían de la aparición en el cielo del monstruo gaseoso. Nubes de polvo batidas por corridas de precaución arrastradas por milenios de pánico acumulado. Seres mitológicos bipolares, aliados o verdugos según las circunstancias. Héroes o villanos de acuerdo a su alineamiento. Despertando algarabía o terror, los habitantes hoy huyeron por precaución.
Para la ciudad fue la señal esperada. Con una interpretación caprichosa, decidió que le indicaban que debía seguir siendo el navío de lujo y permanecer a la deriva. Su obligación cotidiana era olvidarse de brújulas y destinos planeados. Era ignorar puertos protegidos de piratas y filibusteros. Y esperar. Flotando al azar, trabado por algas en la superficie, empujado en el imaginario por vientos suaves, soplados por dioses cansados, aburridos, fastidiados por la falta de imaginación, abandonados al ocio destructivo del no-tengo-ganas-de-nada. Dioses menores solo se dedicados a criticarse entre ellos y reírse por la inacción de los demás.
Acompañando el estado de ánimo generalizado el sol se asoma exhibiendo un amarillo desganado. Sin música, sin aplausos compinches. Solo el brillo encandilado lastimando ojos indefensos. Se reflejan sus rayos en los restos diseminados del dragón, apenas tiznando de blanco el cielo que se adivina celeste. Muy pálido, muy opaco.
Las caras de los transeúntes — sin distinguir entre nocturnos y diurnos— transmiten agobio. Sus ojos tienen lagañas con formas somnolientas, los pasos se arrastran por aceras uniformes, los zapatos patean palabras que nadie pronuncia. La atención se desperdicia navegando junto a vehículos que recorren desfiladeros abandonados. No hay interrupciones. No hay rupturas. Hasta las brujas, hoy todas de negro sobre sus fieles escobas, giran en círculos semejantes a sí mismos. Con rostros impasibles, endurecidos por corrientes de aire pacientes. Las manos apenas acariciando el cabo-timonel, se pierden en sueños de calderos hirvientes y bromas macabras.
Los edificios se desperezan sin despertarse. Inmóviles por definición se vuelven más estáticos. Solo reflejan la luz del sol, hoy ni se preocupan en distinguirse, en hacer ostentación de sus colores, sólo desean pasar desapercibidos, mantener su modorra durante las horas siguientes,