22/09/2012 Feriado largo.
Un líquido naranja difuso comienza a escaparse desde una pérdida inimaginable, ubicada en algún punto del horizonte. Rápidamente va manchando el cielo celeste de este comienzo del amanecer. A medida que la grieta se ensancha el símil líquido acelera su derrame y va tiñendo el universo de color naranja más intenso. Y luego de una ardua batalla el horizonte es vencido y obligado a ceder hasta su límite, Y una moneda color sol cuasi bermellón es arrastrada por hilos de acero invisible hasta la azotea del edificio y ahí se estaciona por unos pocos segundos para reponerse del esfuerzo realizado. Obedeciendo leyes naturales que permanecen en el anonimato el líquido se concentra en los bordes de la moneda. Bordes que se mantienen con un destello ensordecedor, El celeste no está más manchado, ahora se hace eco rebotando la luz y se torna amarillo.
Y todo suceden un día especial que merece algunas reflexiones. No es un secreto que los ritos y el significado de las celebraciones mutan a medida que varía el entorno y las dependencias e interrelaciones del mismo con el hombre, y el conocimiento que amplía sus fronteras permite mejorar las explicaciones sobre la existencia humana.
Hoy se recuerda con alegría el día de la primavera, cuando el invierno llega a su fin y se presienten días alejados de las inclemencias del frío y el desamparo climático. Es cuando los árboles, arbustos, plantas en general comienzan a sentir que la savia se ha despertado y que ya recorre los caminos internos llevando alimento a sus hojas en vías de nacimiento.
Y los habitantes urbanos sienten que hay una alternativa al cemento, al gris, a las calles desiertas de colores, a las veredas inclementes barría por ráfagas implacables de soledad. Intuyen que existe una opción perdida en el ostracismo que amenaza desde el suelo todavía fértil. Saben, por experiencia, que en pocos días las hojas comenzarán su estacional trabajo de vestir de verde a fuerza de crecer obstinadamente.
Y los habitantes urbanos se contagian, se mimetizan con el proceso y salen a festejar el momento de quiebre como si su sangre fuera la savia y las sensaciones las hojas renacientes. En realidad —sin saberlo— repiten conductas antiguas, el mismo significado pero distinto significante. Es la misma necesidad de reiterar lo cíclico de la vida, lo cíclico del universo.
Las sociedades antiguas, dependientes de la agricultura, celebraban el solsticio de invierno, Era la principal causa de festejo y reconocimiento de su relación umbilical con la naturaleza. Se sentían parte de ella como hoy lo hacen con los colectivos, edificios y asfaltos carentes de colores.
Y era porque era la época de la siembra, de aquello que les iba a proveer de sustento. Y necesitaban consolidar su compromiso con las fuerzas que no entendían pero necesitaban. Y en las fratrías griegas iban en procesión al fuego familiar guardado celosamente bajo la tutela de la deidad protectora local. Prendían las antorchas del fuego que no se apagaba nunca y se mantenía vivo por siempre. Y en la oscuridad más absoluta, ya que todos los fuegos de las casa habían sido apagados meticulosamente, retornaban a sus hogares y renovaban su fe en la vida, en sus dioses, en su relación con el universo.
Hoy primavera, ayer invierno. El significado del ritual es el mismo. La rueda hindú seguirá girando una vuelta más, la pachamama resucitará, los chamanes chinos recorrerán las orillas de los ríos llevando su mensaje renovado.
El ciclo tan necesario para el alma humana recomienza.