21/05/2013 Pasar otoñal
Arquetipo de los amaneceres otoñales: el flâneur. Solitario, renegado de cualquier timón, mirada de caleidoscopio, silbador de silencios, camina por la calle contando los pasos que se dan sobre una cuerda colgada de esquina a esquina. Un trazado que sólo él lo adivina, resguardado de los vientos cruzados por altas paredes de ladrillo y ventanas. En ese laberinto fuera de todo tiempo los pasillos sin techos y superficie de aceras son túneles oscuros apenas iluminados por focos colgados de columnas hastiadas de su inmovilidad. El camino estrecho, sin señales que aconsejen una dirección prefijada, se encuentra reducido a la distancia entre hombros que se repliegan sobre pechos abrigados por camperas o bufandas adormecidas. Bruma que se escapa de las profundidades pintando las baldosas de gris difuso. Un largo cigarro cubano que desde lo subterráneo se saborea e impregna ropas con humo achocolatado.
O eso les parece a los trajinantes nocturnos.
Son pocos, muy pocos. Antes que la última oscuridad sea desalojada por el amanecer los noctámbulos se refugian en el calor reparador y apacible de habitaciones de ventanas cerradas y luces tenues. Adornadas con música de melodías originadas en valles profundos, de verdes exultantes, de restos de hojas barridas por vientos otoñales. Canciones sin palabras que remiten a ausencias definitivas. Esas que duelen en la memoria y clausuran el futuro. Esas que se desbarrancan con ojos de mirada comprensiva. Esas que reflotan desde sueños pidiendo disculpas por no acompañar más, por no compartir confidencias, por no recrear pesares y alegrías, Esas que solo se mitigan con un acompañamiento de whisky, coñac o vino caliente, no con un sustituto.
Esperan el momento del crepúsculo matutino.
Porque estas jornadas otoñales, vestidas de frío que dificulta abrir puertas para salir a pasear, adornadas por vuelos circulares de hojas amarillas, naranjas, marrones, descolgadas de ramas a las cuales no retornarán. Lentamente se deshilacharán hasta confundirse con la tierra y la enriquecerán, le aportarán la fuerza vital que las abandona en forma natural e inexorable. Completan el ciclo maravilloso de la naturaleza en su más puro designio. Bajo la mirada atenta de los dioses responsables de su cumplimiento, mientras se entregan a meditaciones que no le interesan a nadie y recrean narraciones fantásticas en las son protagonistas y héroes.
Es el momento apropiado para cambiar caminata por sentada. No importa si se opta por rodear una mesa, repantigado sobre un sofá estrecho, montado sobre una silla apoyando la pera sobre el respaldo vertical. O simplemente en la superficie, en el suelo sobre un almohadón, la espalda contra la pared. Estar, solo eso. Dejar que los pensamientos fluyan navegando en torrentes amplios de aguas templadas, Permitir que inventen senderos atravesando la nada, que sean nubes peregrinas en el cielo de la mente, que dibujen arabescos con estelas flotantes, que eludan preconceptos, que ignoren obstáculos premeditados, que hagan oídos sordos a imposibilidades.
Y en el recorrido cotidiano, en la soledad de sonidos de pasos lentos que se escudan tras árboles de corteza helada, se tiene la suerte de encontrarse con alguno de ellos. Cruzados de gestas individuales, soldados abatidos por luchar en guerras que no son suyas, sus miradas desnudan su interior. Han pasado por banquetes adobados por narraciones profanas, solo descifrables con la clave de su historia, que puede ser real, pero también inventada. Han recuperado caleidoscopios extraviados que por instantes les permitieron verse a través de ellos. Pintaron su paisaje de colores recuperados, danzaron con sus pesares una vez más, se fortalecieron con bocanadas de recuerdos.
Hoy es tiempo de estar. Ni de pasar ni de permanecer, solo de estar. De dejarse estar.