20/09/2013 Amanecer sin diferencias

Hoy la salida del sol requirió toda la atención de los paseantes trasnochadores y madrugadores, de los sonámbulos, de los duendes distraídos, de los enamorados que se olvidaron las brújulas, o sea de todos los despiertos en ese momento de incertidumbre y transición. Detuvieron lo que estaban haciendo para disfrutar sin interrupciones del espectáculo que se desarrollaba sin pausa. Permitieron que los sentidos amplíen sus capacidades, que el cerebro sea mucho más que un receptor pasivo reaccionando ante estímulos ajenos. De forma sorpresiva se encontraron con sensaciones que se escapan de lo cotidiano, imágenes que reciclan recuerdos profundos en busca de símbolos que permitan individualizarlos. Y surgen ráfagas intermitentes, ordenadas por color, intensidad, velocidad, o directamente sin una jerarquía predeterminada. Es la mente la que recurre al artificio para facilitar su tarea. Ninguna de las instantáneas que brotan son iguales, pero tampoco son distintas. Porque el ánimo individual es el responsable de interpretarlas, de conceptualizarla, de darle un marco de referencia.

A cada uno y a todos los que a esta hora coinciden y quedan fascinados al observar el cielo cambiante de una luna orgullosa paseando su séquito de estrellas diseminadas en la oscuridad a un largo sendero abriéndose paso a través de nubes madrugadoras y horadando cavernas inexploradas. Se va imponiendo una claridad irrumpida por franjas delgadas brillando de dorado. Y según la perspectiva, según su lugar, pueden disfrutar más o menos. Algunos se pierden el salto del sol desde el horizonte rodeado de un aura mágica visto a través de un caleidoscopio, un edificio inoportuno impide ver la totalidad, pero a su vez deja a los bordes del mismo avanzar buscando adornar las nubes, diluyen los matices mutantes sin encandilar, ensucian el celeste con tenues salpicaduras irregulares y rosadas con manchas de bermellón, como si fueran una plaga de langostas devorando aire. Para otros es el resplandor furioso de un grito liberador que encandila y lastima y obliga a proteger los ojos, para ellos todo es luz cegadora. Para todos ya es amarillo.

Y la atmósfera se puebla de sueños, de utopías, de pesadillas, de recuerdos. Menuda tarea para un simple ordenador de tránsito de pensamientos en la ciudad si lo hubiera. Porque sentado sobre la balaustrada de La Cañada, los pies colgados buscando remojarse en el fláccido hilo de agua que sobrevive en su cauce, uno puede observar los efectos perturbadores del amanecer.

Un amor que agoniza hundido en su rutina, un amor que brota en el canto de los pájaros y se estaciona en las ramas de los árboles, remiten con melancolía a las caricias ausentes, a las palabras extraviadas. Unos con la esperanza intacta de recuperarlos, los otros con la certeza de repetirlos.

Un poema de sonoridad metálica esperando la melodía que la monte sobre ella y la conduzca a cabalgatas irrefrenables sorteando esquinas y semáforos, una música interpretada por gargantas mudas aguardando la historia que sirva de brisa para elevarla sobre el suelo y adornar los espacios olvidados por las nubes. Construcciones mentales, gruesos y fantasiosos castillos tejidos en el aire que compiten por el espacio visual con los otros, los edificios de ladrillos y cemento, largos caminos rodeados de cordones amurallados que son maquillados por trazos surgidos de los recuerdos infantiles del primer amanecer que quedó grabado en su memoria.

Y todas las expresiones caóticas, desordenadas, entremezcladas juguetean en el aire dibujando extrañas autopistas volátiles sin vehículos que las recorran. Porque todos los amaneceres son iguales a sí mismos. Es cada habitante de los que participan los que los diferencian, los que lo individualizan. Y la ciudad colabora murmurando y estableciendo generalidades.

Hoy es indiscutible una sinfonía de colores que renueva la tranquilidad, que aplaca intranquilidades, que regala armonía. Porque además es el último amanecer simbólico del invierno. — el real, el astronómico es mañana —  y quiere despedirse con un singular festejo sin invitados especiales. Desea en su retirada que todos marquen en el calendario personal con iluminador brillante el casillero que le coloca nombre al día,