19/10/2012 Terminal de ómnibus.
Sol, (re)apareciendo entre nubes dispersas, bucólicas, cargadas de pereza. Hoy es más tarde que nunca. La ciudad ya está despierta, aunque simula un despertar tardío. Se imponen los ruidos característicos de media mañana circulando por calles y avenidas. Que ya son matutinos y dejaron de ser nocturnos. Los sonidos del silencio propios de la noche quedan postergados a los cauces del Suquía y La Cañada los sonidos del silencio.
Esta semana he recorrido distintos horarios, distintos paisajes, distintas circunstancias. O sea, he abandonado la rutina, los rituales, la repetición de gestos. Y a extrañarlos. Estimo que no solo por la costumbre de la repetición automática sino también por cómo mi mente distribuye diariamente mi ánimo dominante al esperar y me condiciona por el resto del día.
Debo reconocer las habilidades del colectivero de las 6:43. Que transita su itinerario maniobrando de acuerdo al paisaje urbano, a los tiempos aletargados de las horas tempranas. Esquinas dobladas como curvas amplias acercándose al límite de la recta. Frenadas espaciosas que el cuerpo inerte prosigue con suavidad. Silencio interno interrumpido por el pip pip inoportuno de algún aparato electrónico que se rebela. Es ineludible compararlo con la conducción casi afiebrada al acercarse al mediodía: dobladas de esquinas en ángulo recto, desafiando a Newton y sus caprichos, frenadas inesperadas que logran que el cuerpo casi se descuartice, ruidos frenéticos de neumáticos, motores exigidos, música estridente.
Al bajar del colectivo madrugador los pies continúan su melodía arrebatada al sueño. En contraposición al bajar del segundo vehículo —ya en ritmo propio del día— el cuerpo es un continuo alternar entre tensión y tensión. Los pies se apresuran a recorrer aceras líquidas que se desbarrancan hacia el destino del viaje. Y los transeúntes mutan sus gestos amables, somnolientos por otros crispados, preocupados por alcanzar el ritmo febril que se va instalando en la mañana que atropella hacia el mediodía.
Y en la terminal de ómnibus se mezclan, se chocan, se ignoran por lo menos dos estereotipos. Los que llegan para emprender el viaje blandiendo el boleto en la mano, identificándose de esta manera con aquellos de cara limpia, maquillada, afeitada, ropa rescatada de armarios y cajones, sin pliegues ni arrugas. La mirada detectando obstáculos para no tropezar en la carrera sin largada ni contrincantes a vencer, para evitar que el micro se los olvide. La mente puesta en el asiento cómodo para sacarle a la mañana unos minutos de sueño.
Y los que descienden de micros que han transitado la ruta nocturna. Que han desgastado sus neumáticos y nervios de los conductores. Pasajeros con almohadas fláccidas, con marcas de insomnio. De rostros que demuestran cansancio y despertares desconociendo lugares y tiempos. De cuerpos y ropas que asimilaron la forma de asientos respingados y estáticos. De músculos atenazados por cuerdas invisibles, rígidas, insobornables. Con ojos chiquitos y maquillajes apresurados y desprolijos. Ausentes de afeitadas. Arrastrando los pies buscando cómo evadirse lo más rápido posible de la terminal. Buscando refugio en la vuelta o en el lugar reparador prometido. Con la mirada en la recuperación hogareña, o en la habitación abierta al descanso, o en la oficina sumergida en el trabajo obligatorio.
Todo es movimiento. Espasmódico. Impredecible. Crispado. Convulsivo.
Y un banco desierto de toda compañía. Abandonado por el torrente humano. La invitación a sentarse compartiendo la soledad. El sentarse compartiendo tiempo y espacio —aunque solo se trate de segundos— provoca un intercambio de vibraciones. Se crea un cono que separa universos. Se excluyen los ruidos y movimientos. Angustias tempraneras y miedos cotidianos. Hasta el aire llega diferente, porque el ritmo interno se ha sosegado.
Espalda contra respaldo. La cabeza inquieta se tira para atrás y permite que los ojos recuerden que el cielo está. Cómo siempre. Y descubre que las nubes siguen navegando emparejando su velocidad con el ritmo de la respiración mientras eluden siguiendo trayectos sin planificar pero ordenados. Concentradas en su devenir, aisladas de sus semejantes, pero atentas a sus borde fileteados por artistas descuidados de colores vivos y formas inconcebibles. Gruesas. Altas en las cercanías al sol reluciente. Delgadas. Casi una línea separando celeste de celeste cerca las fronteras con el horizonte. Grises por abajo, blancas por arriba.
Y en ese momento brota el ruego colectivo. La necesidad imperiosa que el día inaugurado sea como el techo diseñado por arquitectos con manos de viento y no por el piso de materiales nerviosos que se extiende bajo los pies.
¿Podremos elegir? O ¿Seremos peces arrastrados por las circunstancias exteriores?