Reiterado pero inevitable. Una mancha negra se extiende desde mis pies hasta la mitad de la ventana. Es como la tierra en una noche cerrada, después de un asado en su ocaso, una superficie llena de brasas todavía calientes: opacas y luminosas, desperdigadas irregularmente, sabiamente. Alejadas unas de otras para no generar más calor del aconsejable y revivir el fuego en proceso de apagado, pero lo suficiente claras para trazar contornos mitológicos uniendo sus puntos brillantes. Y desde el centro para arriba las formas rectas de edificios orgullosos que sobresalen, Se distinguen contra un fondo que de a poco se va iluminando, Oscuro sobre un telón de fondo cada vez más claro, más nítido.
Suavidad. Ambiente relajado, casi desinteresado. En la noche que se va extinguiendo, en la mañana que va despertando. Una línea continua los une y los hermana, Una transición que se limita a recorrer ascendente un velo aterciopelado. Un movimiento consensuado, nadie podría oponerse, nadie podría estar en contra. Es una época de tregua entre dioses. De olvidar rencillas y enterrar agravios. De descubrir designios ocultos de una ley superior, de escrutar el camino que le señala el destino. De ser armonía y no desentonar. Simplemente de estar,
Los habitantes nocturnos se demoran cumplida su tarea noctámbulezca, descansan agotados por el esfuerzo cometido, se abandonan a la serenidad del camino transitado. Con ojos curiosos observan comportamientos de los que inician la jornada. Analizan vestimentas tratando de adivinar su tarea cotidiana y rutinaria, recorren su rostro para dilucidar si tuvieron sueños o pesadillas, miden la velocidad de su andar para dictaminar si se quedaron dormidos o respetarán el horario, de la posición de los hombros deducirán si hoy son optimistas o pesimistas, del brillo de su mirada si se dedicaran a combatir por sus quimeras o se resignarán a la costumbre.
Y entre las manos quietas de los espectadores indolentes, sentados en la baranda de “La Cañada”, se van hilando historias disparadas por los caminantes ahora sentados. De una cartera femenina abultada escapa una narración en pasado de olvidos y pesares, de unos tacos ruidosos que acompasan las aceras surge otra de amores no correspondidos, de una camisa arrugada se hace presente una historia de compañeros de oficina no deseados, de un caminar errático huye una de resignación. Y de a poco se van llenando las páginas de narraciones mínimas que le corresponden a las horas imaginarias por venir.
Quedan las pasadas. Las escurridas por las grietas del tiempo y que oscilan en el limbo contingente de una noche de llanura verde sin color. De caminar por senderos urbanos disfrazados de praderas sin fin. Sin obstáculos. De un panorama de tiempos originarios. Cuando el todo era la nada y no había desgracias que detallar y exponer como advertencia. No había arquetipos contra los cuales restañar herejías, No había obstáculos que sortear ni peligros que ameritaran resguardarse. Ni misterios que acecharan, ni mitos transmitidos, ni fabulaciones que asustaran.
Entre desfiladeros de ladrillos quedan espectros confundidos buscando su historia particular, articulando explicaciones esquivas sobre destinos, merecimientos o castigos. De otros que buscan a mortales que abandonaron y no los dejan en paz con sus recuerdos, o simplemente tratando de apagar emociones, que al mantenerse vigentes los obliga a deambular por espacios cerrados que no soportan.
Y en el aire se juntan todas las historias, Las relatadas, las imaginadas, las soñadas, las olvidadas, las ensalzadas, las repudiadas. Y discuten sin escucharse y su bullicio llena el silencio, lo condena al destierro. Es la multiplicidad de oradores y cuenteros la que enriquece el amanecer y deja abierto un extenso abanico de posibles mañanas.