17/09/2013 Ciudad que recobra colores

La ciudad se fue despabilando y en ese estado de vigilia que aturde con su silencio fue recuperando el sueño que toda la noche recorrió habitaciones, bares, plazas. Los habitantes invadidos por este recuerdo colectivo personificaron a marinos  agazapados  en sus asientos inhóspitos tomados de los remos, recostados contra el mástil o despatarrados sobre el tonel de agua dulce. En la superficie manchas de color rojizo. O inclinados sobre trineos cubiertos por la nieve con los perros guías manchados de blanco, casi el mismo de la suelo, elevando volutas de aliento cansino hacia un firmamento uniforme azul. Otros se veían cubiertos por túnicas claras, cubriendo hasta el cabello y arrojadas contra dunas amarillas, rodeados de dromedarios sentados sobre sus cuatro patas, soñando con oasis y ausentes de arena golpeando los ojos. Palmeras inclinadas buscando el romper de olas furiosas que castigan la orilla peleándole palmo a palmo el territorio en disputa, cangrejos olvidados por la marea, restos de naufragios incrustados en la orilla como señales de hecatombes.

Todas imágenes que remiten a la borrasca urbana de ayer y al despertar de hoy. No  trágicas porque el meteoro no fue violento, porque no existió saña por parte de la tropilla ventosa que asoló el paisaje urbano; porque no se descargó con ira incontrolable y no impidió las actividades cotidianas. A diferencia de las referencias anecdóticas anteriores, la calma liderada por el sol recobrando su lugar es de alegría de renovación. Las otras, las originadas en tormentas imprevistas  son de descanso forzado, de recuperar ánimo castigado, de fuerzas exánimes gastadas en su lucha contra vientos, rayos, inundaciones, ciclones, tratando de no ser pasto de la furia de la naturaleza.

Ayer se trató de ira. De rabia acumulada por un destierro injusto, por un encierro imprevisto, por una celada artera. Tal vez en años posteriores quede como una broma cruel. Ayer la naturaleza se lanzó con bufidos graves, guardados en lo profundo, acallados en días anteriores por silencios. Los corceles indomables se abalanzaron sobre llanuras deshabitadas, trasladando hielo en sus cascos, lanzando en cada corcoveo montañas de hielo extraídos de témpanos ocultos en las montañas consagradas.

El amanecer se encuentra con el aire enfriado por el paso del tropel. Las ráfagas de aire que empujaron en su cabalgata reivindicatoria, arrastraron las nubes llevándolas de paseo a otras latitudes. Las abandonaron pastando cerca de sierras longitudinales y pastizales de pasto raído y abandonado por las lluvias. En vez de animales recuperando su aliento, buscando fuerzas consumidas en la lucha, la ciudad recobra su impronta con el canto de los pájaros destinado a glorificar el sosiego que les permite volar sin el peligro que una ráfaga inesperada los lance contra ventanales de edificios o árboles erguidos en el borde de veredas.

Los vehículos se deslizan con placer, saboreando el contacto con el pavimento fresco luego del caldo negro con el que debieron embarrar sus ruedas la semana pasada, disfrutando de los colores vivos que les devuelve el reflejo de la luz en paredes limpiadas por hidrolavadoras naturales de viento, meciéndose en forma de ondas horizontales al ritmo de melodías que emite la ciudad a través de propaladores instruidos por ujieres nocturnos. El aire frío aplaca iras, disminuye furias, amortigua cóleras, diluye enojos. El sol lentamente se encargará de hacer más apacible el ambiente, de restaurar hospitalidad, de acomodar sensaciones.

Porque en el horizonte semanal, mal que le pese a Bóreas, se vislumbra la reaparición de la primavera. Esa promesa infaltable de renovación. Esa fecha señalada en los almanaques con flores y aroma de cipreses. Esa percepción alegra los ánimos, disfraza pesadumbres y mágicamente ilumina a las sombras amenazantes tendidas como un manto sobre las cabezas durante todo el invierno.

Hoy la ciudad se despereza en colores.