17/05/2013 Mañana de otoño 

Todos aguardan el amanecer. Todos están expectantes de la temperatura. Todos esperan escuchar la cercanía a los cero grados. Todos titubean en la cantidad y calidad de abrigos protectores que deben arrastrar sobre sus hombros para sentirse a salvo de las agujas heladas. Todos atentos a la radio o la televisión. Todos demorando las salidas a la calle. 

El cambio climático no sorprendió, se esperaba. Pero los cuerpos se alteraron y lo transmitieron al cerebro. Y se sabe que estas sensaciones remiten a lo más profundo de los miedos: al de la indefensión al aire libre, a la exposición a los depredadores que salen en busca de alimentación, a no tener defensas apropiadas, a caer bajo las garras de cazadores sin clemencia, implacables. 

El miedo se advierte en las calles casi vacías, en las veredas ausentes de caminatas descuidadas, en bancos de plazas escarchadas, en juegos tiritando con sus maderas resquebrajas, con pequeños clavos de hielo que penetran en sus grietas y se van comiendo su consistencia, en los pasajeros en la espera de colectivos demorados golpeando baldosas de aceras, con pies entumecidos, ansiosos de ejercicios. Pero la atención de los adoradores del amanecer se encuentra en el cielo.

Un cielo oscuro, pleno de ausencia de colores y claridad. Todo es lento en este amanecer; segundo a segundo se van separando las sombras de nubes de un techo que se torna celeste. Tan despacio, tan ralentizado que es difícil apreciar la transición. Y es como si un vórtice correntoso de aire se ubicara en un punto equidistante del cenit y del horizonte, una bóveda hoy más curva que nunca. Producto de esa masa de aire vertical soplada por duendes traviesos, las nubes se van apartando hacia los extremos. Y un espacio irregular se va abriendo, se va desgarrando. Y el celeste muy tibio comienza a ocupar el centro. En tanto desde el borde inferior de las sombras dibujadas sobre la ciudad, un rosa pálido, disminuido, encogido hasta casi parecerse al crema, lucha con fiereza para imponerse. Las nubes, fortalecidas por la humedad y el frío que disminuye los rayos solares, se van imponiendo.

Se adivinan puños amenazantes a descargarse desde las alturas, Muchos interpretan movimientos sutiles sobre las dunas de nubes como aves de presa acechando para cazar sus presas en la superficie, Hoy se viste de temor, de buscar resguardo en las profundidades de los castillos imaginados, de las cavernas inaccesibles para cazadores de gran talla, de frondas de árboles espinosos y frondosos. De ramas altas y abundantes.  Los transeúntes convertidos en pasajeros. Las aceras descansan del crepitar de pasos sobre sus losas desiguales. No hay eco de pasos que desvelen a sonámbulos. No hay música que acompañe, solo sonidos aislados que no rebotan contra paredes, sólo se extinguen en el silencio lejano.

No quedan noctámbulos expuestos, distraídos en sus pensamientos, enamorados de sus ideas creadas durante la noche y agotadas antes del alba, extraviados en sus fantasías, El frío los recluyó en sótanos y habitaciones sin claraboyas. 

Y el reflejo del naranja del sol aguardando bajo el horizonte insiste. Viste a las nubes iluminando su parte inferior. Ya no es rosa, es ahora émulo de naranja en el límite con amarillo. Es una guarda de oro que resalta edificios en los confines de la visión, es un foso profundo en el cual se derrama el líquido aurífero de los enanos, es el reflejo de un espejo gigantesco que arroja esperanza de una mañana acogedora. Es un amanecer sin pájaros que nos diviertan con sus vuelos. Es otro comienzo diario en un otoño apartado de lo acostumbrado,