Muy pocos se percatan —el frenesí cotidiano les impide abandonarse al tiempo, escaparse aunque sea nomás un rato y mirar alrededor con ojos de aprendiz— pero las ciudades se mimetizan continuamente, no son estáticas, no están inmóviles, asentadas sobre una superficie rugosa observando el transcurrir de los días. Por el contrario se adaptan, mutan de humores, se contraen, cantan de alegría, se sumen en el pesar por las desgracias, sufren embates de la naturaleza y de sus moradores, pelean por sobrevivir, se abandonan al recuerdo. Y oscilan persiguiendo los vaivenes climáticos.
Su accionar es subrepticio, influyen lenta pero tenaz sobre sus pobladores. Emiten vibraciones desde sus entrañas que se propagan y distribuyen a través de edificios, casas, pavimentos, tierra despojada de escombros, canales de agua que se deslizan bajo la superficie, volcanes que duermen, o témpanos que recorren mares tibios.
Las ciudades tienen mediadores: hechiceros y brujas, animales mitológicos invisibles a ojos de no iniciados, personajes adoptados de otra cultura y que fueron polizontes en valijas de inmigrantes (Elfos, enanos, duendes entre los más conocidos). Algunos tienen nombres ocultos o historias desconocidas: Xiquiripat y Ixmucane (mayas), Illapa (Inca), Pontian (demonio malayo que sigue sin adaptarse, añorando selvas y presas que se paralizan del susto al solo nombrarlo, realidad muy distinta en su lugar de adopción forzosa). Y la enumeración continúa en un papiro extenso, rasgado por el olvido.
Además cada ciudad tiene su consejo de sabios. Casi inmortal, depositarios de saberes profanos que se transmiten de generación en generación, conocimientos hundidos en el tiempo. Son archivistas de códices garabateados en lenguas olvidadas, coleccionistas de manuales de instrucciones impresos por computadoras, custodios de cuadernos desvencijados escritos a mano, organizadores de apuntes de congresos donde se debatieron temas específicos. Arcontes administrativos, cargos heredados a través de líneas sucesorias difíciles de establecer, se encargan de actualizar y mantener alejados del desorden a los catálogos y guías bibliográficas. De tarea ímproba, incrementada continuamente porque diariamente se incorporan más papeles, más documentos, no tienen otra distracción ni otras actividades.
Y la ciudad recibe la ola de frío polar cómo una invasión de hordas salvajes de seres inclementes que destruyen todo a su paso, semejante a una marcha de langostas hambrientas diezmando cultivos preparados y cuidados. La ciudad advertida por los pronósticos ya encendió las alarmas amarillas. Y tomó precauciones, algunas indicadas en los manuales de procedimientos, otras dictadas por su experiencia en situaciones parecidas.
Activó ríos subcutáneos de sangre caliente, que circulan serpenteando por grietas y fallas. Abonó con memes de precaución las mentes en vigilia, se concentró en la diafanidad del cielo oscuro de una noche cerrada y escasa de movimiento. No interrumpió el tendido de una frazada protectora que el sol fue tejiendo con sus rayos, hoy llenos de calor tranquilizante, reparador. Retazos protectores sazonados para acariciar pieles destempladas. El ritmo se fue adaptando a las variaciones de la temperatura percibida, no a la medida por termómetros que a veces distorsiona las sensaciones. Y los sensores de clima interno de cada transeúnte se refleja en los rostros despabilados por aguas gélidas. Algunos cubiertos con bufandas, otros con gorros estirados hasta cubrir orejas, algunos sin yelmo térmico protector, otros con sacos disfrazados de pieles, otros con suéter de manga corta. La mayoría con expresiones de “sufro este clima”.
Es un golpe de nocaut que no llega a transformar en caída sino que sólo estremece, sacude sin contemplaciones pero sin provocar heridas.