16/04/2013 Amanecer monótono

Sentado frente al ventanal. Cielo oscuro. Luces amarillas, casi doradas, trazan en el negro de las sombras nocturnas, extraños dibujos infantiles. Esbozos de figuras que reposan sobre la superficie transparente. Un collar de cuentas en el cuello de un hada extraviada, un cencerro opaco colgando de la cabeza de una llama, un bastón con finas incrustaciones de oro y letras verticales contando historias de traiciones. No hay movimientos bruscos, La esfera celeste gira acompañando la brisa matinal.

Las luces de los coches se desplazan en forma ordenada por calles rectilíneas. La costanera dibuja una “P”, delineada por paredes, confundidas en  las tinieblas de una noche que se desplaza hacia la historia. En el marrón ocre que va creciendo, ya se distingue un celeste moteado alto. Son nubes que son pequeñas señales doradas colgadas bajas, muy bajas. Muy cerca del suelo.

Y los habitantes nocturnos se pierden siguiendo huellas urbanas. Duendes traviesos alteraron señales mudas, sin sonidos. A las runas —de significados invisibles porque a la mayoría, le borraron unas líneas verticales y le agregaron diagonales, a otras les cambiaron colores, o simplemente las dieron vueltas —. Algunos paseantes reiterativos, acostumbrados a prestar atención a sus rutinas, se dieron cuenta. Los otros, cansaron rutas circulares retornando al origen de la caminata. Paisajes cambiantes por la variación de la luz en ciernes, crearon la imagen de progresos en el camino. Solo se percataron de la anomalía cuando las travesías carecían de final.

Los ojos, pendientes de una transición monótona, recorrieron fachadas de edificios sin iluminar. Trataron de descubrir indicios del amanecer. No los encontraron. Los sonidos, parcos de amplitud, acompañan a una demorada salida del sol. Contenido bajo el horizonte, tensa los músculos para saltar. Se infla de colores fuertes, acumula energía. Elige retrasar su aparición hasta el último momento. Hoy desea asombrar a todos brincando de improviso, no deslizándose por ese tobogán invertido que recorre a diario.

El naranja no se desparramó por el cielo, la paleta de colores lo ignoró. Un amarillo pálido, tímido de asomarse sobre edificios inmóviles, se fue intensificando. El suspenso se apoderó de sus fieles observadores. No entendían esta variación colorida, no tenían registros a mano que los guiaran, no había antecedentes. Asombrados, se sentaron en cordones de veredas, a horcajadas de canteros, colgados de balcones. Y en silencio aguardaron una explicación demorada.

E imprevistamente fueron bañados por un resplandor amarillo. Los obligó a buscar refugio. Rayos cuasi horizontales se abalanzan sobre ojos desprevenido, En un salto acrobático y circular el sol quedó suspendido sobre azoteas húmedas de rocío matinal. Todo es lento, pausado. La ciudad se resiste a despertar, es época de reflexión, de introspección. Es época de sentarse, separados por un café, y entregarse a la cavilación compartida. A desnudar el alma y a disfrazarse de personajes soñados. Es época de jugar a la rayuela intelectual, saltando sin dudar por casilleros inexplorados de especulaciones novedosas. Es época de resucitar teorías extravagantes. De cubrirse con palabras que nos alejen de la soledad.