15/07/2013 Promesa de lluvia

Leer Análisis generado por Gemini

Luces, muchas luces en el amanecer de hoy. Una gran variedad de formas, tecnología pugnan por prevalecer, tratan de emitir más brillo más potente, de resaltar en el conjunto. Las uicadas en la calle dibujando líneas estáticas blancas y amarillas que se cruzan en el mismo plano. Las de los vehículos que se encolumnan en hileras rojas al alejarse, claras que se acercan y ambas en extremos de sombras que intersectan las anteriores y se trenzan danzando y dibujando cintas, que no atan cabelleras ni rodean cinturas. Se adivinan desde la altura de un tercer piso la música que guía un trajinar calmo de neumáticos que chillan al contacto con el pavimento.

Los transeúntes, con las manos protegidas en los bolsillos escamoteadas al frío, orientan sus pasos persiguiendo rutinas, dejando brújulas en estantes inalcanzables para los chicos, olvidando a propósito mapas relevados en viajes de exploración urbana. Desechando senderos que atraviesan parques desolados, esquivando pozos helados que recuerdan ventisqueros, buscando brisas del norte que apacigüen la sensación de desamparo.  

Los cordones son los límites de ambos mundos, de leyes propias. Que dejan espacios comunes en los cuales se entrecruzan y conviven. Con mediadores cronométricos que regulan caudales de tránsito haciendo oscilar sus tres luces en una danza repetida una y otra  vez. Esta danza se expande y se metiene mientras los semáforos respetados. Porque imprevistamente algún distraído apurado o transgresor serial se lanza cuando no le corresponde, se zambulle en la irresponsabilidad. Y la música ciudadana se puebla de bocinazos, gritos chirridos. Juntos o separados, pero siempre  desprevenidos.

Todos aguardan la luz que inaugure el día. La mañana que rodea construcciones convertidas en sombra. Unos para refugiarse y abrazarse a sueños, otros para sumergirse en cuevas de ladrillos y escaparse de pesadillas. Todos portando historias, unas envejecidas por una noche sin alteraciones, otras renacidas desde almohadas compañeras. Unos resguardando en las gavetas de la memoria, seleccionando etiquetas que permitan recuperarlas en el futuro, otros esquivando aquéllas que reviven pesares y rescatando las que acompañan risas. Unos colocando colores y alterando detalles que acompañen sus cambios de ánimo. Otros separando colores, seleccionando paisajes que los acompañen en la soledad de las primeras horas.

Como es costumbre en días de ausencia de nubes, tanto cúmulos cómo cirrus, tanto altas tratando de fugarse al espacio cómo bajas barriendo la superficie, tanto amenazantes de vozarrones acuosos cómo imitaciones de animales blanquecinos pastando indolentemente, tanto las que anuncian inclemencias cómo las que asoman cantatas gregorianas. Estos amaneceres comienzan con un avance temeroso de claridad. Convierte el negro en negro con luz, colorea el cielo de celeste suavecit, arroja chorros de naranjas por una grieta en el techo, que se expande engordando brilla desde un centro que se adivina pero no se percibe. En nos minutos se abalanzará sobre los ojos. Obligará a bajar la vista, a entornar persianas, a desafiar el amarillo pleno escondido entre paredes de edificios.

Es esperado. Porque la luz viene acompañada de calorcito. De esas olas lanzadas en ráfagas que logran acercar el aire convirtiéndolo en caricias cálidas para pieles desprotegidas. Se animan las palabras a salir y  los murmullos se renuevan por aceras. Las voces se hacen escuchar y reemplazan silencios de solitarios y abandonados. Se dicen compañeros y caminan juntos por algunos pasos, comparten por tramos silabas escapadas de sueños interrumpidos por despertadores crueles. 

Un día que promete fidelidad a la rutina.


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