15/04/2013 Lunes desacostumbrado

15/04/2013 Lunes desacostumbrado

El fin de semana se retiró del protagonismo. Ya cumplió su cometido. Arranca entonces —cómo es norma— un día laborable que posiblemente dejará su marca, su impronta en los días posteriores. O tal vez no. Y esta  incipiente jornada se avizora como distinta a las demás —inclusive si consideramos a los lunes y sus particularidades.

Cómo es costumbre todo comenzó unos minutos antes de clarear, esos momentos de transición generalizada. La ciudad se sobresaltó y para despejarse arrojó su somnolencia remolona al cauce de la Cañada. Los noticieros del alba comenzaron a desarrollar el relato de lo ocurrido durante sábado y domingo,y a anticiparse a los acontecimientos por llegar  esa semana que se escapa de la repetición encadenante y con rutinas vigentes. 

 El primero de los hechos fue la temperatura máxima anunciada: 30 grados.  Inmediatamente se armó frente al placard una larga fila de prendas de vestir buscando su lugar en ese momento. Casi todos los suéter de mangas cortas y casi todas las camisas de manga larga. Deberán esperar otra oportunidad. Hoy el clima tuvo un giro nostálgico y se volvió verano —la semana pasada había sido de anticipación, se había vuelto invierno —. Como un péndulo de amplitud entre estaciones contiguas, osciló entre los extremos. Y al pasar por la vertical, se convirtió en otoño. Y a pedido generalizado, rompió las leyes físicas y se quedó estacionado en el centro. Y todos lo disfrutamos.

Ell segundo de los hechos fue el paro de colectivos. No hay transporte urbano en las líneas de la principal empresa. Y la ciudad se estremeció. Sabe de protestas inútiles en paradas abandonadas, de imprecaciones de los distraídos de siempre, que sin escuchar la radio se ubican en la noche frente a postes sin señalizar. De conversaciones crispadas entre pasajeros abandonados. De zapatos con suelas de mal humor, que azotan las veredas y le transmiten humores irascibles.

Pero también sabe de risas traviesas de niños que no concurrirán a la escuela. De conversaciones con giros inesperados de pasajeros cotidianos que siempre se ignoran en su modorra. De actos impensables compartiendo los gastos de taxis o remises. De senderos que no se bifurcan y son recorridos con charlas amenas, ahuyentando peligros y furias.

Y el amanecer se regodea. Una sinfonía distinta retumba en esos pasillos alargados cavados en la ciudad, con paredes pintadas de edificios y techo iluminado por estrellas colgadas de hilachas de arañas. Notas graves de neumático rozando el pavimento se entremezclan con los ruidos sordos de motores descansados. Motos estridentes poniendo notas atonales sin previo aviso, interrumpiendo la melodía, sacándola de su evolución previsible.  Hoy lo importante no son los colores que se descuelgan de la paleta del  pintor; lo importante  es el concierto ejecutado por los vehículos, ése que ausente de los acordes que identifican a colectivos, se desarrolla en suaves pendientes, semejando un preludio interminable.

Y el tránsito, ausente los elefantes de movimientos impetuosos, semeja un arroyo sin caídas ni cascadas. Un fluir previsible, dependiente de semáforos reiterativos. Sin los obstáculos que se estacan en las paradas, esperando el relevo de pasajeros. Sin paquidermos que escupiendo humo demoran el girar en una esquina. Sin apuros por cumplir con horarios que nadie controla.

Y los transeúntes se multiplican. Transforman cuadras contiguas en caminos desconocidos a recorrer cómo los exploradores inspeccionan senderos disimulados en la floresta. Caminantes desacostumbrados descubren edificios de formas extrañas, colores impensados en muros extensos, adornos con forma de puertas antiguas que penden en paredes de ladrillos aprisionados, adornos con forma de ventanas de rejas esbozadas por lápices de hierro. Las aceras tratan de reconocer pasos que nunca escucharon, son bombos de resonancia profunda, con intensidades que ignoraban.

Y la ciudad reflexiona, Pasado el estupor inicial, reconoce que le aguarda una mañana singular, llena de aventuras. Que podría ser un día de locos si la fantasía se animara y desbordara la rutina ya rota. Una semana comienza, con algunas coordenadas disfrazadas. Se apresta a disfrutar el corrimiento de la rutina de un lunes otoñal.