Las estrellas que ocupan el vecindario compartieron durante su existencia asombros y temores. Fueron testigos de experimentos fallidos. De grupos de varias estrellas danzando alocadamente al ritmo de las fuerzas naturales que estaban a prueba. Girando en pistas virtuales de hielo, deslizándose desde ningún lugar a ningún lugar, porque no había referencias. Colisionando. Explotando en fuegos artificiales de colores imprevistos. Quedando pegadas unas a otras. O siendo absorbidas vorazmente por la más grande. O quedando en giróscopos anulados, bailando de a dos por toda su existencia. O intercambiando energía entre varias, para lo cual tejen puentes de átomos entre ellas, construyen autopistas por la cual circulan mimos y mensajes encriptados.
Establecieron entre ellos —el sol y las estrellas (el sol también es una estrella)— relaciones perdurables y eternas. Generaron diálogos extraños de mensajes luminosos, el sol fue aprendiendo a reconocer el origen de cada señal que rebotaba contra su superficie gaseosa. Pudo ir descartando ruidos extraños que más tarde pudo identificar. Aprendió a contestar asegurando se recepción. Entonces se inauguró el periodo de equilibrio y estabilización. Se desprendieron masas enormes de átomos confundidos, que no tenían claro su funcionalidad. Con un apetito voraz y juvenil fueron capturando sin cesar todo el material cercano. En esa época sin testigos externos, ser vagabundo se pagaba con la asimilación compulsiva. No existían cometas ni pasajeros extraviados.
El sol en su bitácora personal tiene resaltados hitos que pocos conocen. Guardados celosamente contienen datos que permiten esbozar su historia. En estos periodos de quietud él observó galaxias en formación para detectar procesos similares y separar diferencias significativas. Ya en su edad adulta, se permite filosofar tempranamente sobre sí mismo. En sus observaciones iníciales detalló el regocijo al constatar que se estaba formando una estrella gemela muy cerca. Se iniciaron juntas, girando como trompos deslizándose por la pendiente. Se soñaron cantando juntas, jugando alocadamente saltando sobre mallas tendidas entre ambas. Arrullándose al atravesar zonas singulares del universo con leyes locales desconocidas, protegiéndose una a la otra de embates furibundos de energías sin registrar. Pero fue en vano. Su compañera en ciernes, no pudo mantener la temperatura necesaria y no entró en combustión. Quedó como un planeta gaseoso, prisionero en una celda orbital, castigado por la eternidad.
«Soledad». Fue el momento que comprendió el sentido trágico de su significado. Buscó entonces el remedio. Observó a su alrededor, prestó atención a voces muy lejanas de estrellas mucho más viejas. Recibió descripciones de sistemas estelares estabilizados, de experimentos fracasados, de pruebas descartadas. Y como era joven estalló de incertidumbre y regó el espacio cercano con material propio inestable. Soltó bolas de billar a chocar entre sí. Totalmente al azar, sin establecer órbitas, ni recorridos. Y entre choques, explosiones, expulsiones a abismos interestelares, capturas de material errante como si fueran piratas, el sistema solar fue formándose.
Ya no estaba solo, había podido reemplazar a su gemelo inconcluso. Ahora debía cuidar la evolución de aquellos planetas dependientes de él. Podía demostrar su experiencia. Contarles a los demás su historia. Hoy descansa y recuerda. Hoy el sol es un pensador responsable reflexionando sobre sus orígenes, tratando de comprender el cauce del río de la existencia estelar.