11/10/2012 Nubes.
Las nubes invaden mi ventanal. Me ocultan el sol. Se pasean pedantes de lado a lado del marco de aluminio. Prepotentes y caprichosas permiten que se filtren algunos rayos y que retazos azules pongan color en los grises irregulares de las paredes. Son las amas absolutas del paisaje.
Tiene sus propias leyes, sus propias denominaciones, sus propias clasificaciones. Pero ellas también están sujetas a leyes más poderosas, más universales. Algo así como la Moira griega de los dioses olímpicos. Y entonces se transforman en impotentes, en resignados juguetes de otros actores que desconocen.
Esas formas sin definir, visibles formadas por gotas de agua microscópicas suspendidas en el aire, flotan lánguidamente en sendas inescrutables; enormes navíos amorfos que navegan sin conocer de que puerto partieron y desconocen el nombre imaginario del puerto de arribo.
De color blanco cuando son débiles los rayos arrojados desde un punto inaccesible logran atravesarlas. Grises en todos sus matices, negras en el extremo cuando se visten densamente y la luz se detiene en su superficie superior.
Y se bautizaron y se diferenciaron. Cirros cuando son bandas delgadas de formas desafinadas. Transitan a baja altura, rozan la superficie buscando y esquivando obstáculos, saltan sobre edificios y se muestran con pliegos desordenados en su parte inferior. Ricas en contrastes y en bordes permiten imaginar y jugar con sus formas cambiantes en segundos,
Los estratos son semejantes a mesetas interminables, chatas, tienen bordes redondeados y caminan muy bajas, son casi una neblina acariciando la tierra; por lo general son blancas, pálidos románticos que denotan debilidad, enfermedad. Son las que deben ser cuidadas y protegidas.
Los nimbus son las que tapizan el cielo. Enemigas del sol le cierran el paso, lo acorralan desgajándolo de la tierra, aislando su calor, minimizando su presencia, ignorándolo. Altivas, despreocupadas, concentradas solamente en castigar pecados humanos en base a limpiezas con agua torrentosa o granizo sinfónico.
Los cúmulos son las que asustan a lo que pasean por el descampado dormita en edificios de muchos pisos, son los ogros de aspecto sombrío, las brujas de cuentos de niños. Se desarrollan en altura, buscando subir y subir, transformándose en espantapájaros gaseosos rellenos de algodón. Con altas paredes húmedas de lagos evaporados, se pintan para la guerra con grises oscuros y negros debilitados. Tienen su versión de las trompetas del fin del mundo: un vozarrón escuchado a kilómetros que anuncia tormentas, alarma por piedras, y otras calamidades. Es una señal ineludible de fenómenos preocupantes.
En síntesis, las nubes son solo gotas de agua suspendidas en la atmósfera, que de acuerdo al humor se convierten en lluvia, granizo o nieve.
Y comienzan su tarea. Desobedientes saltan de clasificación en clasificación de acuerdo a sus caprichos. Juegan por corredores de laberintos persiguiendo barriletes, brujas en escobas voladoras, halcones transgresores e incautos. Suben y bajan por las escaleras de escalones de aire construidos por diferencias en las temperaturas. Se esconden disfrazándose de nubes que no son y aparecen juguetonas como nubes que son. Descansan inmóviles en reposeras tejidas por hilanderas míticas. Se dejan estar embriagadas por las alturas que desafiaron. Corren con máscaras de villanos asustando con truenos y rayos.
Se enojan y descargan torrentes, provocan diluvios terrenales. Se ponen melancólicas y llenan el universo de gotitas inofensivas que flotan despreocupadas de todo, se ponen benéficas y amortiguan los rayos impiadosos del sol.
Son. Grises, blancas, negras. Siempre impredecibles. Y en un momento desaparecen. Sin dejar rastros. Sin decir dónde ni porqué se fueron.