La ciudad respira. Disfruta de una tregua de pocas horas en esa lucha desigual contra el clima. Un clima que se empecina tozudamente en lanzar oleadas y marejadas de aire caliente sin prisa, sin respiro. Un clima que estruja brisas ardientes contra fachadas de edificios refulgentes de luz reflejada en sus paredes. Son soplos constantes, moldeados en yunques ardientes en forma de lanzas difusoras|que empujan hacia arriba planchas volátiles calentadas al rojo vivo. Imitando un círculo virtuosamente ecológico acercan al horno solar los últimos vestigios de corrientes frescas, para que aumente su temperatura, y en una calesita infernal retornen a la superficie para que el mercurio del termómetro ciudadano trepe a lo más alto.
La ciudad se encuentra resignada. Sabe que muy poco puede hacer frente a tamaño enemigo que la acorrala. Sólo resistir sin flaquear. Se siente hermanada a otras villas medievales que pasaron su historia asediadas por hordas incomprensiblemente enemigas. Enhiestas en mitad de camino de rutas conquistadoras eran obstáculos firmes frente a marchas de hordas decididas a conseguir su botín guerrero. Con impaciencia y rigor fueron sitiadas tratando de obligarlas a rendirse sin concesiones. Pero para eso debieron sufrir. Resistir entre murallas erguidas que no dejaban pasar el aire fresco. Hambrientas de agua, sedientas de alimento renovado.
De día soportaban lluvias de flechas peregrinas, piedras desconcertadas que cruzaban el aire para desplomar algún techo o cosquillear las murallas. En ese instante sus pobladores descansaban oteando los movimientos aburridos y predecibles de las huestes verdugos. De noche batallones presurosos y diligentes curaban las heridas producidas por los ataques lejanos, interminables.
Olvidadas y postergadas las celebraciones y fiestas de cumpleaños apostaban a la solidez de sus defensas, que reconstruían diariamente emparchando o reemplazando las partes dañadas. Cultivando paciencia, desarrollando disciplinas que nunca habían tenido. Jugándose a que el tiempo fuera su aliado. Que provocara grietas en la muchedumbre ansiosa que pretendían doblegarlas. Que sus ansias de riquezas violentas se marchitara sobre la inmovilidad de una ciudad empobrecida en el medio de la planicie.
La ciudad revisa historias de urbes diseminadas por la superficie terráquea buscando inspiración para mantener sus ánimos debilitados. Recurre a relatos de trovadores individuales que le cantaron en largas noches de vigilia, anécdotas épicas de poblaciones asediadas que lograron sobrevivir a bloqueos inclementes. Recupera relatos de esfuerzos colectivos para no desanimarse, para no sucumbir. La ciudad ha desarrollado reflexivamente su propio manual de supervivencia, ha establecido un modelo virtual de defensa a partir de la comprensión de los poderes y el significado de Cronos, que todo lo devora, que simboliza el deseo insaciable de evolución. De cuando el tiempo era todavía ciego. Cuando todo era caos y el cosmos apenas se esbozaba.
Y el tiempo juega a su favor. Los ciclos se renuevan a sí mismos repitiéndose sin detenerse. Las normas naturales mantienen su vigencia. A este ataque previsible y feroz le seguirán climas benévolos y paz tranquilizadora. La consigna es resistir aguardando el cambio cíclico. Mejorar los batallones de restauradores de heridas, de los sanadores profesionales y los idóneos. Otorgar el poder a los chamanes, elevándolos en la estimación general. Todos a su disposición para recuperar las defensas derruidas durante los ataques.
Y como es costumbre la noche influye sobre los habitantes naturales. A pesar de estar el día en marcha se retrasa el intercambio. Pasajeros de la noche desafían al amanecer y continúan recorriendo calles todavía renuentes a recibir autos que las transiten. Los caminantes adormilados por un sueño inconcluso e incómodo dejan sus pasos en veredas que no despertaron. Se detienen ante alumbrados que descansan luego de sus tareas nocturnas. Hacen equilibrio sobre cordones humedecidos por el llanto de fantasmas olvidados y relegados.
Y aquellos que deben inaugurar la jornada, se detienen frente a puertas cerradas, se distraen escuchando la música que brota de árboles renuentes a desplazarse, observan la ausencia de aves adornando el cielo, tratan de adivinar manchas blancas en un cielo sin fisuras.
El ritmo es lento, así deberá ser todo el día, así deberá ser la conducta en esta jornada y en las siguientes. Autos silenciosos, caminantes absortos en sus pensamientos. Ofrecer el menor blanco a las armas de los agresores. Esquivar a los rayos lanzados desde las alturas. Mitigar el daño recibido.
Y los edificios son los refugios ansiados. Dentro de ellos la vida cambia. Los ruidos que interrumpen el silencio son las conversaciones ocasionales entre compañeros que siempre se ignoran o entre desconocidos que hasta hoy se discriminaron. Las energías se canalizan en voces activas que renuevan conversaciones que ninguno escucha. La vida se revuelve en estas colmenas artificiales que resisten los embates exteriores. El afuera es un paisaje mirado a la distancia. Los deseos de salir, de expandirse chocan contra ventanales que dibujan en su superficie largas extensiones de vegetación exuberante. Las pesadillas de desiertos inhóspitos son castigadas arrojándolas en el fondo de gruesos arcones de olvidos.
La ciudad se repliega. Como un camaleón adormilado se disfraza de páramo solitario. Trata que las corrientes cálidas disminuyan su velocidad al toparse con sus construcciones de altura. Disfruta cuando lentificadas en su recorrido por el laberinto metropolitano, se elevan llevando su calor hacia la corona invisible que ostenta desde su nacimiento. Sabe que su éxito depende de su paciencia. Por eso instruye a sus ayudantes, aconseja a los desprevenidos, ignora a los descuidados crónicos.
Recorre todos los pasadizos, revisa todos los pliegues de su manta protectora. Invoca a aliados permanentes y celebra acuerdos con enemigos circunstanciales. Se somete al carrusel interminable de la alternancia de climas tanto benefactores como torturadores.
Pone toda su esperanza en su karma