La ciudad no se descuida. Abandonada al sosiego de un otoño apacible, casi reflexivo, midiendo con tranquilidad los tiempos que fluyen, ignorando la inexorable aproximación al invierno. Retrasando con días soleados, templados su destino. Se escapa de vientos imprudentes y sobresaltos en los termómetros. Dibujando en el cielo fantasías colectivas con pintura invisible. Entonando coros pastoriles que recuerdan a nacimientos y despedidas. Alejando de inhóspitas comarcas, arribando a valles acogedores. Dejando desiertos, acercándose a praderas amarillentas.
Pero los días se suceden y el invierno se impacienta. Sabe que no puede irrumpir sin que lo autoricen, que no puede adelantarse, ni subvertir el orden establecido. Solo puede manifestar su nerviosismo recurriendo a su aliado por siempre, Bóreas, dios del frío viento que reina durante el invierno. De carácter casi violento, es muy fácil hacerlo enojar. Y cuando esto sucede su fuerza se transforma en soplidos gélidos que se abalanzan sobre la superficie, vientos huracanados que lastiman e hieren. Lo comprobaron hace siglos los navíos de Jerjes, descansando desde ese momento en el fondo del mar.
Pocas palabras susurradas al oído siempre inquieto, bastan para que Bóreas libere sus caballos. Briosos desde sus cascos desnudos, agazapados en sus establos, preparados para lanzarse sobre montañas laberínticas o llanuras lisas de cultivos demorados. Resoplando, esparciendo su aliento helado y empujando nubes altas que oculten el sol. Y en esa intriga, en esa lucha por espacios de influencia de dioses, no saben que se encuentran casi violando los límites impuestos en el reparto de territorios humanos.
Se encienden señales de advertencia en los controladores sacros. Los caballos liberados se encuentran dentro de las fronteras, galopando en una zona intermedia. Sólo pueden avanzar en esta época hasta las periferias, deben respetar los cotos. Ya llegará el invierno y las fronteras se derrumbarán. Hoy sólo pueden ser adelantos de un invierno casi lejano en los almanaques.
Y el amanecer es sorprendido. Mientras preparaba armonías naranjas y amarillas, que confirmaran la continuidad diaria de mañanas diáfanas, se encontró intempestivamente con nubes grises aceradas, elevadas y apesadumbradas en su flotar indeciso. Nubes brillantes en su lado oculto superior y opacas en su borde inferior. Estacionadas, abandonadas por corceles que las lanzaron a carreras sin fin. Descansando de cabalgatas desenfrenadas. Ahora son una manada de vicuñas recorriendo quebradas inexploradas. El reflejo crema cubriendo paredes de algodón. Sombras que se adivinan en los pliegues desprolijos.
Los caballos fueron obligados a retirarse. Todavía no llegó su tiempo anual. Deberán aguardar en sus cobertizos abiertos su temporada. Les queda acumular energía y transformar sus inquietudes en vértigo. Ser los instrumentos de Bóreas anunciando el invierno.
La ciudad se estremece ante el cambio. Si bien era previsible, no lo esperaba ya. Si bien estaba preparada, no había estado suficientemente alerta. Sorprendida lanzó pequeñas señales de alarma tratando de no provocar pánico ni corridas injustificadas. Ese amanecer todo se retrasó. Los tempraneros demoraron su partida, los vehículos visitaron con respeto calles que el día anterior habían transformado en pistas de carreras. Los pájaros se adormilaron en ramas protectoras y demoraron su canto. Las aguas besaron cordones que se iban enfriando.
Desprevenidos transeúntes insistieron con prendas veraniegas. Susurros llegados desde frondas mudas les advirtieron. La mayoría, tozudos por estar casi dormidos, atracaron colectivos sedientos de descanso. Sintieron la brisa desacostumbrada en sus pieles y se abandonaron al placer infinito de sentirse libres, de poder elegir en la encrucijada. Y casi unánimemente optaron por la incertidumbre a la seguridad del abrigo, y se lanzaron a la aventura del día en ciernes.
Pero el aviso está vigente. El otoño reflexivo irá de a poco abandonando su influencia. Será desplazado por ambientes hostiles, por climas inclementes que deberán barrer con los vestigios y preparar la tierra para el renacimiento.
Los ciclos continúan. La Moira griega, el camino taoísta se prolongan en el Tiempo.