09/04/2013 Otoño reflexivo.

Amanecer a amanecer, el otoño se hace sentir. Grita presente en sus recorridos, se hace visible en ese fresquito que flota entre edificaciones, pide permiso acariciando el rostro de los recién despiertos con brisas que parecen glaciales en el contraste con la temperatura que cada uno arrastra de la cama. En forma silenciosa cubre a los transeúntes con una linterna natural que les permite guiarse por barrios desconocidos. Cuida, protege. Sabe, el otoño desde su nacimiento, que representa la plenitud de la vida. Se ufana de ser asociado con la sabiduría. Se identifica con la reflexión y la melancolía de las tristezas vividas.
Cuida a las hadas germánicas, protectoras de árboles, plantas. Cuidadosas y precavidas, ellas se esmeran en mantener los colores en las flores, se preocupan por mantenerlas en ramilletes flotando sobre pastos uniformes. Las defienden de los vientos, combaten a sus enemigos, convocan a abejas, congregan mariposas.
El otoño es el patriarca de la Naturaleza, la última etapa del ciclo anual de la vida, la estación final. El moño del paquete, el regalo visual. Porque después de él, la resurrección, el retorno circular al comienzo, a la vida latente más allá de la superficie agazapada en el silencio. Pero, hoy es todo color, canto de pájaros, celebraciones austeras de amistad. Largas charlas en sobremesas de veredas y cordones. Recuerdos que se dejan caer desde nubes bajas y se corporizan en anécdotas reinterpretadas por el estado de ánimo. Extensos soliloquios de amantes extenuados, disfrutando del reposo, liberando ataduras.
Es el protagonismo de parroquianos amordazados por la melancolía. Guarecidos en mesas con murallas de evocaciones. De interrogarlas minuciosamente, intentando poner en descubierto los signos ocultos, visibles sólo para iniciados, sólo para aquellos que poseen las llaves herméticas de la iluminación. Pasajeros ocasionales o recurrentes de bares a media luz, indecisos entre lamparitas al borde de quedar exhaustas o los rayos jóvenes de un sol que despunta. Mareadores consuetudinarios de tazas de café. Observadores profundos de manchas indelebles en paredes insulsas. Descubridores de aventuras donde solo hay páramos de imágenes.
Y las calles se convierten en senderos de jardines orientales recorridos por pies descalzos, con zapatos de sueños y sandalias de pesadillas. Pasos cortos, subiendo puentes sobre estanques de peces de colores. Reproducción urbana y esquemática de las representaciones de muchos paraísos extraviados. Sin límites, de contornos perdidos en el horizonte y en la eternidad.
Es un panorama visitado por los vientos. Noto, ubicado en el sur, vistiendo sus aires del frío polar todavía templado, cómo se hace sentir cada amanecer. Cómo se presenta cubriendo el suelo de hojas doradas, cómo le regala a los niños enormes pistas de ruidos de zapatillas chocando contra hojarasca crujiente. Ha desplazado a Céfiro, viento del oeste responsable de brisas cálidas del verano, y esperará ser reemplazado en sus tareas por Bóreas, que según su costumbre barrerá con frío preparando el suelo para la resurrección.
Y los soñadores cantan blandiendo sus quimeras, exhibiendo sus alucinaciones, ocultando sus delirios. Paseando sus esperanzas, alimentando sus mitos. Acrecentando sus ensueños. Miradas que recorren ramas en proceso de desnudez, pensamientos que se liberan de los individuos y se alojan en personas ajenas. Conocidos que se cruzan y tratan de adivinar su ajenidad y vivirse en ese reconocimiento. Intentan descubrir que la alteridad es deseable y necesaria.
Periodo del año solo apto para bucear en las profundidades de cada uno. Para reflotar los misterios que nos mantienen, todavía, integrados al cosmos.