07/11/2012 Advertencia de calor

07/11/2012 Advertencia de calor

Los chamanes noctámbulos deambularon desde antes de medianoche hasta que el sol comenzó su recorrido diario. En ese lapso de tiempo intenso por lo imprevisto de la situación y las escasas horas que tenían para cumplir su misión visitaron bares, bancos de plaza, callejones tímidos, se sentaron en cordones de veredas, se treparon a ramas de árboles extraviadas mientras buscaban agua. Gastaron la noche estudiando en bibliotecas ignoradas por la mayoría de los habitantes de la ciudad y permanecen abiertas las veinticuatro horas. Con los documentos en la mano y en gabinetes de alquimistas perdidos en pasillos interiores de barrios alejados recuperaron conjuros de protección climática. 

En días anteriores en las  conversaciones habituales con los moradores urbanos y consultas con seres de fisonomía fantástica y conocimientos antiguos, confirmaron que el sol se alimentaba más y más engullendo fríos y heladas de inviernos septentrionales y los transformaba pacientemente en reservas de brasas para caldear vientos agazapados en cavernas inhallables. Descubrieron que las puertas de los encierros de brisas sedientas de espacio para desbocarse y convertirse en vientos irrespetuosos, se mantenían celosamente cerradas, escapando a miradas curiosas e impertinentes. Escucharon que de sus goznes se escapaban sonidos de entrenamientos climáticos extremos. Supieron reconocer los preparativos cuidadosos de corceles alados prestos a recorrer distancias lejanas trasladando calderos repletos de calor en recipientes térmicos. Pudieron atisbar como los espíritus presurosos extraían de almacenes etéreos protectores contra el calor inminente.

Entonces actuaron. Cambiaron su rutina. Las circunstancias lo imponían. Debían extremar la cautela.

Se convirtieron en heraldos que anuncian cambios, en agoreros fastidiosos que cantan anunciando calamidades, en juglares entonando invocaciones de precaución y preparación previniendo que se avecinan tiempos inclementes.

Dejaron de recorrer —costumbre diaria que se remonta a la construcción de las primeras ciudades— intersticios en veredas para recuperar plantas medicinales que aliviaran dolores de quemaduras. De común acuerdo abandonaron su rutina de escuchar atentamente los susurros que moran entre paredes de edificios y descansan en copas de árboles tiznados por el smog,  descuidaron sus recorridos aleatorios en los cuales amparan desprotegidos nocturnos con palabras de aliento.

Las palabras pronunciadas por los pregoneros en tono de admonición se escucharon con atención en cada esquina, en cada recodo, en cada grieta. Durante el alba distribuyeron proclamas tanto en lenguajes olvidados y relegados cómo en lenguajes vigentes y sonoros. 

El contenido era claro y preciso.

Advertía de  una amenaza en ciernes, una amenaza que  —emboscada entre árboles mágicos— aguarda con impaciencia la llegada de su oportunidad. Los aires tórridos —adiestrados con minuciosidad y calentados hasta el límite—  aguardan la orden solar para desbarrancarse en orden sobre la ciudad desatenta, sobre la ciudad desprevenida, para arrollar sin miramientos como manadas indisciplinadas de búfalos antes de la irrupción de las armas de fuego en las praderas sin horizontes, para arrojarse imitando un enjambre sin color que cubrirá edificios, calles y senderos con un velo de tela suave, invisible de brisas abrasadoras.

Los anuncios distribuidos entre los transeúntes convocan a desempolvar los protectores adecuados, instan a las paredes inmóviles a pintarse de líquido bienhechor, a  desplegar defensas benefactoras que desvíen las ráfagas hacia zonas lejanas, de extender capas livianas sobre azoteas que minimicen el impacto calórico.

Desparraman conocimientos ancestrales en forma de versos cantados de rimas simples y ocurrentes para que todos se cuiden del azote que avanza inexorablemente desde el amanecer y que promete arremeter antes del mediodía. Hablan de ritmos pausados, de movimientos sosegados. De una jornada adaptada para realizar esfuerzos mínimos, para llevar a cabo sólo acciones impostergables, para obligaciones ineludibles.

En todas las lenguas posibles prometen un tsunami de calor intenso. Al mismo tiempo ofrecen protección natural para las pieles expuestas.

Van adoctrinando a desprevenidos peatones que ingenuamente comienzan sus actividades. Esparcen por calles y avenidas recetas melodiosas de efectividad comprobada. Se tornan afónicos de repetir a cada uno y a todos los que se cruzan palabras de aliento. Fatigan recorridos advirtiendo. Se acercan al agotamiento, se alejan del mediodía amenazador.

Su función se ha cumplido. El descanso los espera. Hoy los chamanes urbanos lucharon para adaptar la realidad ciudadana a un clima castigado por oleadas intempestivas de aire que responden a un plan minuciosamente elaborado y desarrollado. Hoy el reino del calor se desplomará sin consideraciones sobre la superficie tangible que cotidianamente es trajinada por sus habitantes permanentes y por huéspedes agradecidos.