Altivos, orgullosos. Así lucen hoy los edificios de cara al sol después del aguacero que lavó pecados y paredes. Coquetos se exponen con todos sus colores reflejando la luz que reciben. Con una sonrisa que abarca cada uno y todos los balcones intercambian entre ellos anécdotas provocadas por las lluvias abundantes. Chismosean sobre heridas descubiertas en su estructura por el agua que masajeaba sus costados. Declaran su asombro por las calles transformadas en canales acuosos transitorios que humedecieron sus pies de concreto. Relatan como coches audaces desafiaron los torrentes recorriendo como salmones sus rutas ascendentes en contra buscando su origen. Exponen como sabios descansados teorías extravagantes sobre conductas humanas, puesta de manifiesto entre chaparrones, baldazos intempestivos y bocanadas de brisas traviesas. Se ríen de inexpertos acuonautas que desafiaron olas minúsculas trotando por veredas desaparecidas y tragadas por calles inundadas.
Los edificios se ríen. Se sienten felices. Están satisfechos de haber aguantado de pie los embates de la naturaleza. Montículos de cemento, ladrillos matizados con aberturas indiscretas relucen con sus mejores galas, se pavonean desde las azoteas, abren sus grietas para que los pájaros rellenen de sonidos armónicos el espacio que los rodea. Han pasado la noche celebrando, elevando cantos de voces rudas y pedrozas aprendidos durante las caminatas de duendes y elfos trasnochados. Se dejaron llevar por la vista inconmensurable de una multitud de puntos luminosos que parpadeaban desde el cielo. Se dedicaron a reconstruir extrañas figuras mitológicas con el simple hecho de unir estrellas trazando líneas solo presentes en su imaginario. Inventaron otras agregándolas a su memoria personal. Rescataron historias de esos seres, plagiaron otras, deformaron la mayoría.
Porque por unas horas la ciudad fue de ellos. Los habitantes nocturnos se tomaron una noche sabática, ¿serán más noches o con ésta se conforman? Agotados de levantar protecciones, de armar defensas, de erigir parapetos, de reforzar murallas, de recorrer barricadas tratando de descubrir fisuras, decidieron por unanimidad descansar. Y los juglares, saltimbanquis, artistas noctámbulos los acompañaron hicieron causa común. Durante la noche y el alba no hubo pisadas solitarias, no existieron ruidos de jolgorio, no se escucharon plegarias temerosas, estuvieron ausentes los acechadores sospechosos.
Todos de acuerdo tácito de no manchar suelos impecables. aseados y esmerilados por los arroyos urbanos que jugaron a las escondidas durante 2 días. Optaron por compartir sensaciones con sus antagónicos diurnos, por dejarles intacto el paisaje que realza a la ciudad.
Y la ciudad articuló su despertar con esas intenciones. Hizo suyos los deseos. Los transmitió sutil pero eficientemente a su espacio de influencia. Los pasajeros absortos en colectivos risueños descubren paredes nuevas en edificios viejos, ventanas distraídas abiertas al despuntar el día que siempre permanecieron ocultas, puertas cerradas al clima hostil que ostentan picaportes orgullosos saliendo hacia las veredas, postes de alumbrado apuntando a nubes inexistentes, semáforos tricolores entonando ritmos acompasados de tres notas reiterativas.
Los transeúntes habituales tratan de descubrir las acostumbradas señalizaciones que la lluvia borró. Los ojos se encuentran contaminados de colores fuertes y vigorosos y perciben contrastes diferentes a los usuales que los acompañan diariamente. Es innecesaria la tarea de adivinar y esquivar charcos y obstáculos ya removidos, la atención se concentra en las alturas, en los frentes, en trazar puentes imaginarios sostenidos por copas de árboles distantes, en trazar túneles de verdes brillantes uniendo ramas que buscan alturas inaccesibles.
Los coches van al máximo de su potencia. De colores revividos, brillantes devuelven la luz y provocan danzas dinámicas en telones levantados sobre paredes inmóviles. Paseantes que silban tonadas acompañando los giros lineales de rayos inquietos. Bulliciosos en su alegría que les contagiaron, pero evitando estridencias molestas que paralicen la sinfonía que nació en el alba y se va diluyendo camino a la mañana. No hay trencitos heterogéneos. Revoltosos e infantiles dibujan curvas en el asfalto, se pasan y se esperan. Se esconden tras colectivos y tratan de sincronizar velocidades con luces cambiantes de semáforos bromistas.
Y el río y la cañada acompañan. Recorren sus cauces con torrentes abundantes de velocidad sosegada. Besan las orillas acomodando su cuerpo líquido a los tabiques laterales. Permiten que los encajonen guiándolos hacia su salida. Mezclados con lodo fresco se tiñen de marrón. Ofrendan su contenido intensificando la humedad ambiental. Saludan a su paso a árboles ribereños obsequiándoles reservas acuíferas. Y éstos le retribuyen con un verde intenso. Abundan los cantos de felicidad de aves que interpretan sus deseos ancestrales. Las loas de agradecimiento se entremezclan con las ondulaciones del trajinar del arroyo viajero.
Ya los autos circulan más ordenados. Pero inquietos y pícaros encandilan con su armadura metálica. Devuelven luminosidad haciendo rebotar imágenes del sol. Dibujan en paredes interiores de edificios felices, trazos de senderos que no unen nada, que no llegan a ningún destino. Sobresaltan a puertas adormiladas señalando marcas desconocidas en sus marcos estáticos. Despiertan abruptamente a soñadores demorados.
El cielo está celeste. El sol está instalado. La vida continúa con un canto de esperanza.