05/06/2013 Amanecer con desgano

Una tenue sinfonía de notas dispersas se arroja desde azoteas para planear descansando, para relajarse de las tensiones de ritmos urbanos, para olvidarse de prisas, para relegarse en caravanas interminables, para permanecer en suspenso entre edificios sin ecos, para estar integrada al murmullo de cursos de agua sin torrentes. Vuelven de sus obligaciones diarias los pasajeros nocturnos a llenar espacios dedicados a la nada. Oídos atentos y otros aburridos son bañados con largas argumentaciones que explican la filosofía perenne. Y los que desparraman palabras inteligentemente ordenadas a veces desconocen de lo que hablan. Son los búhos que van agotando su tiempo nocturno. Se preparan para descansar, para meditar.

Antes levantan los ojos y los detienen en el cielo de nubes rosadas, Como una trapecista de circo trashumante que se va empolvando sus mejillas, se va acicalando para irrumpir en la pista de aserrín pisoteado y enlodado. Mirándose al espejo,  escarbando en su imagen gris, disimulando rastros de cansancio. El polvo se expande y cubre casi la totalidad de sus pómulos. Y sus ojos se contagian y adquieren el brillo esquivo de esta hora. Pero el color que resbala desde nubes alargadas hasta parecer famélicas, es opaco. Es triste en todo su tiempo. Desgana palabras quejumbrosas. Que al unificarse con las melodías interpretadas por vientos solitarios se transforman en himnos de rituales olvidados.

La ciudad se retuerce sin moverse. El río de la vida circula cosquilleando en sus veredas. Gotas de tiempo resbalan persiguiendo pendientes infinitas. Orillas nunca alcanzadas se alejan como paralelas prolijas, sucesión de vidas que se encolumnan en una sola dirección, sin retorno. Y los pobladores permanentes recorren pasajes conocidos y los transitorios inventan su camino. A veces se guían por los recuerdos, otras por sus pasos. 

Pero son los noctámbulos los que desvelan historias. Los que acurrucados en bancos de plazas azuzan a pájaros remolones a  que levanten vuelo y alegren el despertar. De un amanecer abúlico, lleno de remilgos, rebosante de intrascendencia, de quietud que inmoviliza, de dejar que fluya, De un sol que asoma con desgano sobre edificios fatigados por brisas invisibles. Es un amarillo acuoso el que pinta las nubes desde abajo, que dirige sus energías al otro hemisferio. Castiga hacia el norte, relega al sur. Deja el protagonismo a las sombras frías. Pero la superficie resiste y no abandona el calor acumulado.