03/06/2013 Lunes igual a otros

Comenzó un lunes sin diferencias visibles con los anteriores. Arrancó hace horas en la más profunda oscuridad. Pero para los simples habitantes urbanos y los pastoriles y los mamíferos, y las aves —o sea para todos sin discriminar—  el día comienza al salir el sol. Para los menos, antes. Aquellos que deben estar tensos subidos a postes de vigías, los que deben estar supervisando la transición hacia la claridad, los que están regresando de viajes de melancolías y recuerdos,  los que preparan escenarios para que durante la jornada se representen actos de la obra que siempre queda inconclusa. 

Desafiando las rutinas climáticas un frío desacostumbrado va royendo huesos desprevenidos, heladas agujas infinitesimales perforan la piel ignorando las prendas de abrigo. El cielo anticipa un día sin el calor protector del sol. Un pálido rosa, coronado por un cremita difuso, se entremezcla con atolones nubosos, unidos por senderos enlodados sin fin. 

Y el amanecer no se rinde, lanza oleadas de pintura naranja que amenazan la oscuridad. Grita con voz colorida que se dispone a dar batalla y regar de calor la superficie. Creativo, fantasioso, proyecta en el cielo reflejos de batallas épicas, casi olvidadas, como la legendaria Titanomaquia, donde fueron vencidos los titanes y condenados a permanecer desde entonces en el Tártaro —la región más profunda del inframundo—. O la batalla de Megido, un combate cruento y salvaje  que dio origen al mayor imperio egipcio conocido. Las llamas que consumieron la ciudad donde se refugiaron los cananeos del rey de Kadesh, están trazadas bajo nubes estáticas. Los gritos de victoria de las tropas del faraón Tutmosis rebotan en los ecos de la leyenda y ahuyentan a los pájaros que renuevan su desayuno en La Cañada.  O la  Batalla de Alalia, combate naval entre los cartagineses —aliados con los etruscos —, contra los griegos de la colonia focense de Alalia. Lugar en el que durante tormentas invernales se divisan maderos chamuscados por las llamas que hundieron a los navíos guerreros.

Y hay exuberancia de naranja. Las nubes lo reflejan orgullosas desde su parte inferior,  dan señales inequívocas de la actividad en cielos que se desperezan. Pero la suerte está echada, está definido el resultado que coronará al lunes. Los colores se opacan, las estridencias se mediatizan, los sonidos se oscurecen. El color crema que representa la quietud y lo conocido se adueña del cielo. Y se convierte en el espejo para que los habitantes se miren y adopten sus estados de ánimo.

Los vehículos se suman al tránsito previsto sin protestar ni dejarse llevar por emociones imprevistas. Los transeúntes dejan que sus pies decidan los senderos a recorrer siguiendo señales trazadas por duendes aburridos en veredas húmedas. Los pájaros se asoman a sus nidos espiando trayectorias de insectos aptos para convertirse en la energía que sus pichones necesitan. Hilos famélicos de aguas siguen recorriendo cauces profundizando las huellas con su erosión líquida.

Todo es anodino, sin sobresaltos, sin intranquilidad, sin imprevistos, sin estados alterados. Sin necesidad  de baños de realidad. Sin noticieros calcificados, fosilizados. Hoy la jornada se prepara para convertirse en un riacho imperceptible del río del universo que lento viaja hacia la eternidad.