02/10/2012 Tormenta anunciada.
Probabilidad de tormenta, de lluvias, de vientos incontrolables. Amenaza arrancar en el cielo una lucha épica, desigual, de resultado incierto. Las nubes grises por la escasa luminosidad y no por transportar gotas de agua, recorren raudamente el cielo, como una avanzada de jinetes mongoles buscando reagruparse antes del ataque final. Se agrupan, se dispersan, se evaden. Tratan de lograr masa crítica para poder descargar sus gotas en forma de lluvia.
Y quedan cercados en una encerrona por el ordenado ejército celeste comandado desde su altura inmaculada por el sol. Esplendoroso brama como un rey leonino y logra asustar a las nubes que por un rato desafiaron la rutina; logra que las inconformistas huyan momentáneamente guiadas por vientos cómplices de tormentas huidizas.
Y un ejército que levanta oscuridad, amenaza desde el horizonte avanzando con paso persistente. Sin pausa se acerca al comandante sol. Pero se dispersa al llegar devorado por la inmensidad del celeste uniforme.
Las nubes son barridas y guiadas por vientos tácticos. Los colores y las sombras pelean por su supervivencia, por imponer sus normas, por hegemonizar su paradigma.
Y todos observamos o ignoramos. Ninguno tenemos participación activa, a ninguno nos toca actuar. Los autos que escapaban del inminente fenómeno bramando con sus neumáticos que rozaban el pavimento y con motores quejándose del esfuerzo alimentado por el miedo a las piedras amenazantes, ahora son cuerpos tranquilos que recobran la parsimonia del viajero ocasional y distraído.
El agua que besa la Cañada implora a sus primas que se transformen en hermanas y se confundan incrementando su caudal y fuerza. Los árboles agitan sus brazos cubiertos de hojas perennes implorando alimento líquido para sus raíces sedientas.
Las nubes han logrado reagruparse oscureciendo al sol, quitándolo de nuestra vista. Se adivinan combatientes alados guiando el rumbo de las naves nubosas. Todas buscan, en un ballet desordenado, su lugar para ampliar el campo de batalla. Queda solamente una franja cremita. Baluarte tozudo de una claridad que es tragada por grises pálidos.
En la superficie, los paraguas se relamen. Afilan sus telas de colores preparándose para encontrarse con su destino existencial. Endurecen sus mangos y alambres abovedados para oponerse a los vientos. Practican su grito de guerra desarrollado para contrarrestar el himno de las gotas al estrellarse contra el suelo.
Solo falta que los clarines truenosos de voz potente, retumben airadamente para que todo se convierta en ríos de agua cristalina desbarrancándose desde las alturas.
El espectáculo está por comenzar.