02/07/2013 Amanece
Esperando al amanecer los transeúntes mantienen la atención concentrada en el horizonte. Los sonidos que brotan de las calles y avenidas hablan de apuros rezongones y de paseos sin tiempo, de autos que se desplazan sabiendo que llegan tarde y de otros que no tienen a donde llegar. Algunos que liman segundos en su carrera de madrugada y otros que regalan tiempo descubriendo las caras ocultas de la ciudad. Hay motos que se cuelan en las estelas de unos y hay otros aullando al descubrir su proximidad, alertando de sus trayectorias imprudentes y zigzagueantes. Los peatones se detienen ante semáforos previsibles y se preguntan por qué se cubrieron con abrigos. Esos que almanaque en mano revuelan armarios reclamando los usen. Y distraídos confían en experiencias, observan el día y usan las prendas en estado de asamblea. Ahora confundidos, se lo quitan y lo llevan en la mano (muy pocos), o los cargan demorando sus pasos sintiendo que oprimen el cuerpo, aíslan la piel del aire, sofocan andares.
Sobresalta el cantar de pájaros que transitan el aire buscando ramas lisas y acogedoras. Ellos se transforman en ecos que rebotan dentro de frondas agradecidas a esta continuación del otoño, más cerca de la primavera avanzada que del invierno en ciernes. Hasta el alba se demora. En silencio protesta, no puede realizar piquetes que visualice su malestar. No tiene poder de fuego para alterar conductas cotidianas. Solo se resigna a ser una voz ignorada. Son los poetas del amanecer los que acompañan su canto y la fortalecen. Los que tienen palabras los que tienen acuarelas, los que tienen abierto el espíritu, los que aceptan y reconocen emociones emergentes y las reciben gozosos.
Entonces el alba, acurrucada entre cordilleras que no se ven y tapadas por el paisaje urbano, comienza a empujar hacia arriba. Convence al sol que sea paciente, que lo que pasa es solo pasajero, que no se deje embaucar por canto de sirenas. A pesar de todas las evidencias no está cerca el verano, no es tiempo de recuperar fraguas y convocar a los enanos a incrementar los fuegos. No corresponde lanzar rayos sobre la superficie, no es la época de bombarderos solares. Debe apaciguarse, ya podrá vociferar su fuerza, clamar por su espacio.
Una luz se desliza en el borde móvil del amanecer. Esa frontera que lentamente avanza hacia el cenit. Una pinchadura de alfiler que deja herida amarilla. Busca el ocaso. Misterio en la transición. Persiste colgado acercándose al naranja que emerge. ¿Un ovni? ¿Un satélite? ¿El carro de Apolo? ¿Un ojo espía? ¿Una broma de duendes? ¿Un dragón asustado? ¿Un grifo solitario?
Un avión recorre su ruta en el pasillo aéreo asignado. Sus luces parpadeantes acompañan desde la distancia al misterio volátil que sacó de la rutina a espectadores atentos. Sin sonido trazó rectas que se unían fuera del paisaje. Se perdió buscando pistas de arribo, ahuyentando pájaros que buscaban alimentos.
La claridad se va imponiendo. El ritmo conocido y previsible del arranque de la mañana contagia implacablemente. Los misterios se recluyen en cuevas urbanas, los sueños se agotan en despertadores estridentes, las pesadillas son reemplazadas por noticias radiales. Los diurnos preparan sus defensas, se colocan armaduras roídas por el uso cotidiano, emiten mantras resignados sin saber lo que son y con el último resabio de audacia abren la puerta y se lanzan al mar de las obligaciones diarias.