Se demora el amanecer. No porque no haya sonado el despertador cósmico, ni por variaciones en la cronología estelar local, ni por demoras en la coreografía del escenario planetario. La luna en cuarto menguante, destacándose en la quieta sombra clareada de la noche, fue el blanco elegido por las brujas para organizar una fiesta espontánea, alejada de todo protocolo, escapada de los almanaques que no la preanunciaban.
Comenzó con un vuelo audaz remontando nubes desde el corazón de África, de ese país dislocado que les prohibió volar a baja altura para no entorpecer el recorrido de aviones esquematizados. Ella, en su escoba sedienta de velocidad y maniobras impensadas, fue seducida por la forma de la luna en cuarto menguante. Se lanzó hacia uno de los extremos. Se paro en su punta superior y arrobada lanzó gritos brujeriles traviesos. Asombrada por el cuenco lleno de polvo lunar, apenas pisado pero bombardeado por piedras atrapadas por su fuerza gravitatoria, se sentó y comenzó a cantar.
No son las baladas hipnotizantes de las sirenas recostadas en escollos traicioneros, que atraen a la desgracia a navíos de marineros exhaustos, que descubren en las melodías las delicias de paraísos extraviados. Son palabras que brotan desde la melancolía de la ausencia de compañeros, de la presencia de ostracismos voluntarios, Hablan de lecturas fatigosas de libros ignotos, de juramentos de fidelidad con la naturaleza, de calderos que convierten plantas, pedazos de animales, polvos extravagantes, minerales estáticos en brebajes que trasmutarán emociones, convertirán impulsos, desatarán amores inconquistables u odios convergentes, o simplemente vestirán de alegría o pesar a desprevenidos.
Solo la acompañaba el retumbar de guijarros chocando en el espacio con sordos tambores monocordes. Y de a poco su sonido fue desparramando alertas en todas sus semejantes. Y fueron arribando. Primero con sorpresa por el llamado desde la luna, luego sorprendidas por la posibilidad de romper la rutina con juegos teñidos de carnaval sorpresivo. Y convirtieron la herradura sin clavos, blanca de polvo ingenuo en una pista planetaria de skate. Y por varias horas sus escobas fueron tablas para deslizarse o patines para desbarrancarse.
Risas nerviosas, sorprendidas, desatadas. Libres de las costumbres terráqueas fueron duendes lunares carcomiendo superficies cóncavas. Trazando huellas que no serán vistas desde ningún lugar. Hicieron equilibrios sobre bordes de cráteres bañados por rayos solares, convirtieron en toboganes a paredes de desfiladeros abiertos al espacio, se columpiaron en barras de hamacas construidas con sus palos escobiles, flotaron al azar en piruetas diseñadas con curvas en espirales y trayectorias nunca soñadas.
Todo era una fiesta impensada, sin proponérselo. Y lo disfrutaron. Y los encargos de pócimas fueron relegados, olvidados en mesas repletas de fórmulas escritas en mil idiomas descartados y que solo ellas recuerdan. Los fuegos de calderos en ebullición se fueron apagando ausentes de alimentos. Los ingredientes, liberados de su participación, huyeron lo más lejos posibles. Todo era confusión en las grutas escondidas dentro de bosques siniestros. Siniestros por lo desconocido, por lo amenazante de senderos ocultos. Pero ricos en diversidad, en colores, en murmullos acompañantes de caminantes osados.
Y el sol no pudo aguantar más su salida. Obligado por fuerzas cada vez más potentes, inmunes al sortilegio de danzas de brujas anarquistas, salto desde el horizonte. Y la alarma chirrió con estrépito, asustando a las participantes de la fiesta impensada, y con la alegría en su rostro, pero con el temor deslizado en sus labios, se lanzaron al torrente de los vientos que las devolverá a su refugio diurno. Cruzándose en trayectorias caprichosas no se embistieron, solo se reconocieron y saludaron con un ligero golpe de cabeza que hace oscilar su sombrero largo de punta mochada.
No hay nubes fantasmas derrochando reflejos solares, creando colores matutinos. Sin obstáculos que dificultarán el vuelo. Solo sonidos de aprobación de noctámbulos errantes que sin tener entrada disfrutaron del espectáculo. Sombras sobre la luna que se convirtieron en adornos dinámicos. Líneas sobre el blanco que dibujaban danzas. Aplaudieron en silencio, les brotaron poesías y canciones, diseñaron coreografías y entonaron canciones de melodías nunca escuchadas.
Y saludaron con el estruendos de piar de pájaros.